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Contagio lector

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He tomado en préstamo para titular este artículo el nombre de un proyecto de la Doctora Patricia Valenzuela, promotora cultural y mediadora de lectura en diversos espacios que, entre otras actividades, desarrolló durante un año trabajo de fomento lector con médicos, enfermeras, trabajadores y pacientes en el Hospital General de Santa Rosalía, Baja California Sur. Paty es además creadora del colectivo Hagamos de Santa Rosalía un pueblo de lectores, dedicado desde luego a acercar la literatura, el cine y otras manifestaciones artísticas a la población. Como ella, hay en todo el país redes de mediadores y promotores del libro y la lectura; estudiantes, profesionistas, amas de casa, profesores, y de vez en cuando algún vagabundo entusiasta de las palabras.

Cada vez que se nos viene encima un cambio de gobierno (federal, estatal o municipal) a algún funcionario se le ocurre la brillante idea de realizar una campaña de acercamiento a la lectura. Lo mismo da que la propuesta sea hecha por un individuo que está muy lejos de ser lector, o si la encomienda recae en un afamado escritor de izquierda; parecen creer que antes de ellos no hay nada. Aunque las redes de fomento a la lectura existen y se multiplican sin importar que los gobiernos de todos colores vayan y vengan. No es gratuito que cuando el actual presidente realizó en Mocorito, Sinaloa, la presentación de su Estrategia Nacional de Lectura (donde se habló de todo, menos de la estrategia a seguir), haya dejado de lado a los mediadores de lectura. Desde luego se hicieron presentes para recordarle a los representantes del nuevo gobierno que ellos estaban ahí antes de que su plataforma electoral arribara, que seguirán trabajando, compartiendo los libros que aman una vez que se retiren.  

Desacralizar los libros

Uno de los primeros objetivos que busca el promotor de lectura es bajar los libros del altar inalcanzable al que se les ha condenado. Cambiar el tono hierático con que se les asocia por uno lúdico, relajado.  Perece una contradicción, pero el primer derecho que tiene todo lector es el de no leer. A menudo escuchamos los grandes beneficios que la lectura otorga, el prestigio que conlleva superar el promedio de libros leídos por año. Todo mundo está de acuerdo en que es un acto saludable, necesario. La gente quiere que los niños se acerquen a los libros, que dejen el celular o los videojuegos… pero ellos mismos no abandonan sus dispositivos para acercarse al viejo amigo de papel. Vamos, ni siquiera es necesario. Para crear una población de lectores, lo primero es abandonar la idea de que hay que obligarlos a leer. Y desde luego, crear un contagio. Como a cualquier adicción, a la lectura se llega por imitación. Nadie se hace futbolista profesional o aficionado donde no existe una cancha, al menos un llano con trazos de cal donde los que ya dominan el juego pueden desarrollarlo y captar la atención de quienes nada saben de acerca el. Tampoco pueden crearse lectores donde no hay libros, otros individuos que los promuevan, que comenten acerca de sus obras y autores favoritos. Alguien que quiera iniciarse en la literatura acudirá a la librería (si tiene la fortuna de vivir donde exista al menos una) pensando que ahí recibirá ayuda, recomendación o guía. A veces corre con suerte y encuentra entre los dependientes un camarada que además de librero, es también lector. Pero a muchos les da lo mismo vender libros que zapatos, o simplemente no pudieron engancharse en otro empleo.

Tampoco hay que rivalizar actividades. Además de convivir con libros tradicionales, hay plataformas dedicadas a la literatura en muchos formatos que resultan atractivos. Se puede ser lector y jugar videojuegos, pasar horas frente a la computadora o con el teléfono en la mano (¿dónde estás leyendo este texto?).

Por último, debemos quitar la aplastante losa de los clásicos de la espalda de la gente. Si bien han perdurado por su capacidad de expresar ideas y sentimientos compartidos en diferentes localidades y épocas, lo cierto es que como cualquier otra obra un clásico no es para todos. Nadie debería sentirse miserable porque no vibra al leer a Tolstoi o a Stendhal. Por el contrario, ese rechazo marca un parámetro que puede llevarte a libros distintos. Leer es un acto libertario, de amor, que puedes o no ejercer. Que no debes imponer a nadie, ni siquiera a ti mismo.

¿Y dónde leer?

Los bibliotecarios, cuentacuentos, mediadores y promotores de lectura son personas tenaces que se encuentran en todo el país. A menudo los hallarás en cafés, ferias de libro, plazas públicas, en hospitales y aun compartiendo su tiempo y textos en prisiones. Acércate a alguno, platica y convive un par de horas, que seguramente van a ubicarte en uno o varios libros. La literatura es tan vasta que es casi imposible no hallar una obra que hable de ti, un espacio donde no sabías que podías habitar.

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