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Crucé a Guatemala a pie y viajé en el tiempo

Crucé a Guatemala a pie y viajé en el tiempo. A las seis de la mañana llegué a la estación: un costado del camino en la carretera de Palenque. La vans blanca estaban estacionadas en hilera, y la gente se apelotonaba en la banqueta buscando la que iba a su respectivo destino.

Uno no se imagina el caos que se genera si no pasa a esa hora precisa del día, ya que esta improvisada estación solo existe durante la mañana.  !Frontera Corozal!, gritaba un señor en camisa roja. ¿Cuánto?, le pregunto, 100, joven.

Pago y abordo la unidad. Hay un lugar en la última final, en el asiento de en medio.

Ir hasta atrás tiene como desventaja que el movimiento se intensifica, sobre todo en coches pequeños a alta velocidad y en carreteras curvas y/ o con baches, como imagino será el camino que nos espera.

Sin embargo, Es el único donde mis piernas entran con un mínimo de comodidad, por lo que me siento en ese lugar.

No espero más de cinco minutos antes de que la combi se llene y se ponga en marcha por tres horas para llegar a Frontera Corozal. 

La selva y los cerros esconden un sol intenso a pesar de ser tan temprano y que auguro otro día de calor en el sur del país. Durante el trayecto, personas suben y bajan, haciendo que el viaje nunca sea aburrido ni tu lugar siempre el mismo. A veces semi vacío, a veces no cabe ni un solo alfiler. Se suben con grandes bolsas o con solo un morralito; familias enteras, o viajeros solitarios. Muchas mujeres. Y uno no puede dejar de preguntarse de dónde a vienen o a dónde van, porque la realidad es que en pocas ocasiones se bajan en un poblado visiblemente urbanizado. A veces simplemente están ahí, parados a un costado, entre el asfalto y la selva ¿De dónde habrán venido? 

Probablemente son los que tienen talado partes de los cerros, donde solo se alcanzan apreciar los troncos cercenados. A lo mejor son los que cuidan al grupo de vacas que pastan plácidamente en las pocas ocasiones donde una recta en la carretera se conjuga con una llanura ideal para la ganadería. Solo una vez vi un cartel que recordaba la situación de la zona “Poblado fulanito, zona del EZLN”. Dos mujeres se bajaron ahí y se fueron adentrando en un sendero hacia la selva. Finalmente, llegamos a Frontera Corozal. Le pregunto al chofer por Escudo Jaguar, un centro ecoturístico a las orillas del río Usumacinta. El chofer se detiene frente a una amplia calle y me indica todo derecho hasta el final. Sencillo, fácil de recordar. 

Frontera Corozal en el mapa se ve como una cuadrícula. Casas de menos de un piso (estoy casi seguro que mi 1.88 tendría dificultades para mantenerse de pie dentro de una de esas estructuras) y calles que a secciones son pavimentadas y otras son terracería.

Al final, la calle por la que caminaba desemboca en una serie de cabañas a orillas de lo que solo puede ser la frontera sur de Guatemala.

Ni un alma se apareció en la media hora de caminata, y tuve que gritar varias veces para que alguien se apareciera en la recepción.

Pregunto por los precios de pasar una noche y la posibilidad de ir a ver las ruinas de Bonampak, las cuales han sido un sueño que desde niño he querido ver. Sin embargo, ese día ya iba tarde para ver las ruinas, a menos que pagara un taxi privado lo cual estaba fuera del presupuesto. Solo me quedaba estar en Frontera Corozal todo un día sin realmente nada que hacer, o proseguir con el plan: cruzar el río rumbo a Guatemala. La decisión era sencilla, pero primero, desayunar. Chilaquiles, jugo, café y fruta con pan.

No eran los mejores chilaquiles que probé en mi vida, sin embargo uno nunca les dice que no, y menos cuando la probabilidad de tenerlos en el futuro era remota.

El restaurante con vista al río era solo para mi y aunque claramente seguía en México, Telcel pensaba distinto, ya que el mensaje que me advertía de las tarifas de roaming internacional estaba en mis notificaciones.

Desde mi lugar, también veía una palapa al fondo donde un grupo de hombres estaban sentados platicando y riendo.

Los lancheros que te cruzan al otro lado, cual Caronte, pensé. Por módicos 50 pesos, cualquiera de ellos te lleva a La Técnica, el asentamiento de Guatemala enfrente de Frontera Corozal.

No es un viaje muy largo, sin embargo, había que rodear unos islotes y maniobrar para evitar piedras, ya que el rio no estaba crecido.

¿Y como les ha ido con los inmigrantes? No, aquí no pasa nada, me responde mi barquero. Y después de lo que visto en el pueblo fronterizo, es difícil no creerle. Cruzar las fronteras siempre es extraño. Uno sabe que algo está cambiando, pero para los instintos primarios no cambia nada, prueba de que, como muchas cosas, las fronteras son solo un invento que nos complica la vida, y que ha ocasionado más problemas que beneficios. Sin embargo, puse pie en Guatemala, y voltee a ver México.

Veía la silla donde había desayunado, y con imaginación podía ver todo lo que había hasta llegar a mi ciudad.  Después giré 180° hacia lo desconocido. Ese es el verdadero efecto de la frontera: marcar entre lo que conoces, y lo que estás a punto de conocer. 

En comparación con Frontera Corozal, La Técnica estaba mucho menos desarrollada. Todo terracería, con una sola calle comercial y dos o tres calles en perpendicular, donde las construcciones eran de madera. Una palapa decía centro turístico. Me acerqué a preguntar la manera de llegar a Flores, una ciudad al norte del país, muy cerca de las ruinas mayas de Tikal. Me informó la joven dependienta que se acababa de ir y que la siguiente salía en una hora. ¿Dónde puedo cambiar dinero? Aquí mismo, me respondió ¿Cuánto va a querer? Una vez realizada la transacción y comprado mi boleto por 70 quetzales (172 pesos), me dediqué a esperar dentro de la palapa, en una banca de madera a la cual una fuerte sacudida le hubiera arrancado los clavos. No había ventilador ni nada por el estilo, y a las 12 del día el calor te hacía sudar aunque estuvieras ahí sentado. 

Pasados 40 minutos, una van similar a la que me llevó de Palenque a la frontera se apareció.

Esta tenía una hilera de asientos individuales, y procedí a tomar el primero, que tenía más espacio para las piernas. Cinco minutos antes de la hora, otros tres hombres tomaron sus asientos, y la van arrancó.

Aunque el mapa indicaba que entre la Técnica y Flores había tres horas de distancia, el camino era de terracería. Una hora y dos kilómetros después, seguíamos avanzando tortuosamente en los polvorientos caminos, parando en cada grupo de casitas. El chofer se detenía y tocaba el claxon unas dos o tres veces y esperaba un par de minutos. Así fue durante tres localidades antes de que alguien se subiera. Podía parecer Chiapas, si no fuera porque las construcciones eran de madera, contrario al tabique que domina las construcciones mexicanas. Solo las escuelas, y algunas iglesias eran más sólidas. 

Todavía me faltaba lo más importante: sellar mi pasaporte. Eventualmente, un letrero azul en el camino indicaba Bienvenidos a Guatemala, aunque ya llevaba más de una hora y 5 km en el país. La caseta migratoria estaba precedida por una casa, donde una familia vendía cerveza, refrescos y cambiaba quetzales por monedas internacionales.

El chofer me indicó sonriente que me esperaba, pero aún así me bajé con mi mochila. No fuera la de malas. 

En la caseta, había tres perros callejeros tirados en lo que supongo era la fría loza.

El guardia fronterizo, un señor de unos 70 años con la camisa desabrochada y sudada, estaba sentado en una silla tomando cerveza.

Con mucha parsimonia se levantó y tomó el pasaporte que le estaba entregando. No hizo ninguna pregunta. Se fue a sentar a una computadora que me recordó a las que usaba durante la secundaria, o tal vez incluso más vieja, y la prendió. Probablemente era el primer viajero que cruzaba en el día.  Después de lo que pareció una eternidad, el señor se acercó y selló el pasaporte.

Ninguna pregunta o comentario. Ni siquiera un “que tenga buen viaje”. Regresó y se sentó en su silla con su cerveza. El cruce más fácil de mi vida. Regresé a la van, no sin antes tomar una foto al letrero que indicaba mi llegada a Guatemala.

Cuando nos volvimos a poner en camino, revisé el nuevo sello que se añadía a la colección, y noté una particularidad: la fecha decía 9 de julio, mi cumpleaños, el cual había sido el día anterior. Quién lo hubiera dicho, si viajas a Guatemala, tal vez incluso puedas viajar en el tiempo.

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