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Dedicatorias

Mujer Universal

¿Qué Importan los años? Lo que realmente importa es comprobar que al final de cuentas la mejor edad de la vida es estar vivo”. Transcurrían los años treintas del siglo XX, uno de los más intensos de los últimos tiempos, de  grandes transformaciones sociales, económicas y políticas de la humanidad. 1936, en España inicia la Guerra Civil, en México había terminado el Maximato, ese período de dominio e influencia política del General sonorense Plutarco Elías Calles. Otro militar, el también General Lázaro Cárdenas Del Río, michoacano, tenía fuertemente tomadas las riendas del Gobierno Mexicano. Ese mismo año, en Pánuco, pueblo enclavado en la Huasteca Veracruzana y abrazado por el caudaloso río que lleva su nombre, nació Adela. Hija de María Luisa y Alberto, ambos nativos de esa localidad y criados con los patrones culturales de la época, en los que el hombre era natural y socialmente polígamo, sin el menor cuestionamiento, mientras que la mujer, con docilidad, pero con gran compromiso asumía la misión de la atención de los hijos y el cuidado de la casa, que no es lo mismo que el hogar. Era la preeminencia de facto del matriarcado por ausencia del padre.

Por esa razón Adela, en sus historias y remembranzas, constantemente enaltece la imagen materna.

La Abuela Bicha, como la recordamos, fue una mujer sumisa, pero visionaria. Sin riqueza, pero noble y generosa. Con alto sentido de la prudencia, pero con enorme valentía y coraje para enfrentar su situación y su condición de mujer y de madre. Esas cualidades, no cabe la menor duda, Adela heredaría por genética o por formación. Ahora lo tendría que reconocer.

Con una vida siempre atada al piso, es decir, con los pies en la tierra compartió el techo, el amor maternal y los alimentos con seis hermanos, hasta que los primeros empezaron a emigrar, tras el sueño del crecimiento y la prosperidad. Julián, Raúl y Moisés, quienes lograron terminar la normal en Xalapa, la  capital de Veracruz, para convertirse en profesores Ellos abrieron brecha, al principio solo para Dora y José Antonio, que también consiguieron estudiar una profesión, la primera enfermera y el segundo abogado. Sin embargo, el destino no permitió que Carmen y ella abandonaran el lugar que las vio nacer, así como tampoco que superaran el promedio de escolaridad para las mujeres de esa etapa del México de los cuarentas.

Con excepcional memoria, sin cortapisas, ni el más discreto sentido de autocompasión y más que orgullosa de su capacidad de lucha, narra una vida familiar con carencias, con limitaciones, pero en armonía.

Con  una robusta estima de la solidaridad y el valor de la familia. Esa, que más adelante sería la plataforma para impulsar a la suya.

Apenas había cumplido los 19 cuando decidió arriesgarse y unir su vida a la de José, un esforzado panadero, que también estudió únicamente la primaria, por motivos de sobrevivencia y falta de oportunidades en esa provincia del hermoso Estado de Veracruz. Ahora en un ejercicio de revaloración, con justicia, Adela destaca del que sería su esposo por más de 50 años, la responsabilidad y apego a la familia. Nunca faltaron cobija y alimentos, sobretodo el pan, en casa. Juntos procrearon nueve hijos, en un periodo del México de las familias numerosas. La Tía Carmen con el Tío Toño tuvieron seis, los primos maternos con los que crecimos. Ellos se quedaron en el entrañable pueblo del zacahuitl, nosotros como muchos paisanos, emigramos en una especie de viaje sin retorno.

A muchos años de distancia y muchos kilómetros recorridos después que dejó su Pánuco querido y queda viuda hace catorce años, Adela no se arrepiente de sus decisiones, excepto haber abandonado su pueblo natal que nunca niega extrañar. En 1999 se aventura a mudarse a Minatitilán, en el sur de Veracruz, donde se establecieron la mayor parte de sus hijos, la razón, el trabajo. Ahora cada uno construye su propio proyecto de vida. Dice sentirse bien consigo misma y con los demás. Luchó con toda su fuerza y su inteligencia, para dejar atrás sus difíciles episodios personales y encaminar a sus hijos a un prometedor porvenir. Adela ya pagó las facturas que le tocaban y hasta las de otros también. El dolor lo ha transformado en fortaleza,  sigue caminando con la frente en alto y convencida de haber hecho su mejor esfuerzo.

Dios, por el que dice sentirse amada, con seguridad le tendrá reservados muchos galardones por su gran obra como madre, mujer y ser humano.

Mujer universal, mujer sin barreras en el tiempo, mujer de retos, mujer que como muchas otras de su generación, rompieron el silencio y rechazaron seguir en el anonimato. Que prefiere hablar con acciones  y no con palabras y emociones. Mujer con sentido común, tan escaso hoy en día. Siempre favoreciendo la armonía, nunca la discordia. Optimista por naturaleza y confiada en su inquebrantable fe, innumerables veces la hemos escuchado  reproducir las cálidas palabras de la abuela Bicha, “Hija, pasará la hora, pero no el día”.  

*Miembro de la Red Veracruzana de Comunicadores Independientes. A.C. 

Akiles Boy

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