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Imagen: La Vanguardia
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El día que mi gato se enfermó

El día que mi gato se enfermó fue espeluznante: aún el recuerdo se retuerce en mi memoria y las pesadillas perturban mis noches de sueño. Mi rostro y mi ánimo lo dicen todo. La gente me ve con cierto temor y, a la vez, con lástima. Ayer me despidieron de mi trabajo por el mal rendimiento; hoy, en vez de preocuparme por mi futuro solo deseo beber y beber hasta emborracharme de olvido.

Todo se desencadenó cuando visité a mi hermano un fin de semana en el que su gato estaba enfermo. El primer día, el gato se comportaba de forma extraña. «No sé qué tiene», recuerdo que dijo mi hermano mientras cenábamos. Al terminar, platicamos unas dos horas, lapso en el que estuve inquieto a causa de que mi hermano miraba al gato en repetidas ocasiones.

Llegó la noche y nos fuimos a dormir.

Cuando me levanté, busqué a mi hermano: ningún rastro. Me disponía a buscarlo por toda la casa cuando me percaté que su carro no estaba. El gato tampoco.

Más tarde escuché que el portón se abría: era él. Salí a recibirlo y antes de que se bajara del carro vi su rostro desencajado. «Se quedó hospitalizado. El veterinario no me dio mucha esperanza». Quise consolarlo pero no supe cómo, él no era de abrazos ni palabras de aliento. También quise preguntarle qué tenía el gato pero decidí no ahondar más en el tema.

—Por favor discúlpame —me dijo—, quiero dormir un rato.

—Claro, no te preocupes. Cualquier cosa aquí estoy. Lo que sea —pero no contestó, solo escuché que la puerta de su recámara se cerraba.

Al día siguiente llamaron del veterinario. Mientras mi hermano hablaba, yo veía que su rostro se descomponía: pensé lo peor. Cuando colgó, me dijo:

—Ya no pueden hacer nada, como se puede morir hoy o en una semana. Voy a recogerlo.

—¿Quieres que te acompañe?

—Si quieres —contestó con desgana.

Llegamos en poco tiempo luego de que mi hermano manejara como un auténtico suicida. Se bajó dando un portazo. Apresuré mis pasos y cuando entré, ya tenían al gato en el recibidor: estaba moribundo.

Una vez que llegamos a su casa, lo sacó con sumo cuidado de la jaula portable y lo dejó en su alfombrilla. Se me figuró un peluche maltrecho, ni siquiera se quejó de tan lánguido que estaba.

El resto del día traté de conversar con mi hermano pero le sacaba las palabras con fórceps. Al atardecer, fingí tener sueño. «Voy a dormir un rato, si se te ofrece algo me hablas. Lo que sea».

Luego de un par de horas, salí de la recámara y encontré a mi hermano con un rostro distinto.

—Acabo de hablar con un amigo —me dijo sonriente mientras giraba el teléfono sobre la mesa—. Me dijo que conoce a un doctor que puede salvar a Dante. Ya viene para acá. ¿Quieres acompañarme?

—Claro.

Llegamos a un lugar que estaba hasta san Juan de la fregada. Parecía un laboratorio de bajo presupuesto. Los olores químicos se mezclaban con los tufos de la humedad y el encierro. El doctor nos saludó y nos extendió la mano, la cual, por su humedad y aspereza, me dio asco. Más que un doctor me pareció un grotesco personaje de leyenda urbana.

Mi hermano sacó al gato de la jaula portable y lo dejó sobre una mesa de aluminio: tenía manchas que me parecieron de sangre seca. Mientras el doctor examinaba al gato, me percaté que su bata, además de sucia y arrugada, estaba rota a la altura de la espalda: sentí una profunda desconfianza.

—¿De quién es el gato? —preguntó el doctor.

—Mío —contestó mi hermano.

—De acuerdo, joven, debo advertirle que este medicamento aún no está aprobado; sin embargo, a pesar de ser una sustancia nueva, todos los resultados han sido óptimos en los distintos experimentos que se han empleado. Es mi deber comunicárselo para que esté consciente.

—De acuerdo, doctor.

—Entonces, joven, ¿le administro el medicamento, está seguro?

Estuve a punto de decirle a mi hermano que lo pensara dos veces, pero mi reacción fue lenta y la de él inmediata.

—Por supuesto que sí, póngasela que se está muriendo.

El doctor desempacó la jeringa y de una ampolleta extrajo un líquido espeso, azuloso. Me alejé unos pasos, no quise ver cómo inyectaba al gato; no obstante, supe el momento exacto por el débil maullido que emitió. Luego el doctor dijo: arde un poco, pero se le pasará rápido. Instantes después volví la mirada, sin acercarme.

—Listo, joven, es todo. Cualquier cosa ya tiene mi teléfono. Y paciencia, el medicamento surtirá su efecto, pero recuerde que no es magia. En cuarenta y ocho horas seguramente estará muy mejorado.

Una vez que mi hermano metió al gato a su jaula portable, le pagó al doctor. Me sorprendí del alto costo cuando vi la cantidad que sacó de la cartera.

Antes de retirarnos, mi hermano se despidió del doctor de forma emotiva, yo lo hice a la distancia, no quise darle otra vez la mano.

—Disculpa cómo me he portado —me dijo mi hermano en cuanto llegamos a su casa—, quiero que sepas que me da mucho gusto que estés aquí. Y muchas gracias también por estar en un momento tan difícil para mí —después, acto raro en él, me abrazó.

Ese día pedimos pizzas y compramos cervezas. Escuchamos música de nuestra época, platicamos sin parar, reímos hasta el cansancio y bebimos hasta asegurarnos una tremenda cruda. Fue maravilloso. Y quién diría, carajo, o mejor dicho, quién sabría que en esos días se estaba gestando la desgracia que venía.

Nos despertamos tarde. Lo primero que hice al levantarme fue vomitar, luego, mi hermano me preparó una bebida que mezcló con quien sabe cuántas cosas. No quise desayunar, él sí. El sonido de los cubiertos sobre el plato se fue desvaneciendo: me quedé dormido en una silla. No me atreví a acostarme, el balanceo era terrible.

Cuando desperté, me sentí mucho mejor, fue entonces que decidí bañarme y a mi paso, vi que el gato se lamía con normalidad. ¿Cómo es posible?, pensé, ayer se estaba muriendo y ahora está como si nada. Mi hermano estaba feliz.

—Come algo —me dijo con un tono paternal—, aunque sea poco, no te quedes con el estómago vacío.

—Ahorita, primero quiero bañarme.

En la tarde volvimos a beber y a fumar a pesar de que el cuerpo reclamaba. Una vez más pedimos pizzas, escuchamos la misma música y las risas y los recuerdos desfilaron otra vez hasta que cayó la noche. A la mañana siguiente yo debía regresar a casa y no quisimos desperdiciar el momento. Teníamos casi un año sin vernos, salvo aquellos encuentros fríos y esporádicos por teléfono o internet.

Aquel día fue el último gran momento que viví.

Y en este instante cada trago y cada cigarro son insípidos, lastimosos pero absurdamente necesarios. Necesito anestesiarme de algún modo, evocar aquel fin de semana destroza mi tranquilidad.

En cuanto amaneció, me levanté con esfuerzos para hacer mi maleta, aunque debo confesar que en esa segunda ocasión los estragos de la noche no fueron tan severos. Cuando salí de la recámara para desayunar, me sorprendió cómo el gato había mejorado, ya caminaba y comía. Era una sanación milagrosa.

—Yo te llevo a la estación —dijo mi hermano después de desayunar.

—Ah, gracias. De todas formas puedo tomar el microbús.

—Yo te llevo, ya te dije. Así platicamos un rato más.

Antes de salir hacia la estación, mi hermano me invitó para que lo visitara otra vez.

—Déjame ver, no sé cómo ande de dinero —le dije.

—No te preocupes, yo te pago todo. ¿Qué te parece, te animas?

Acepté. Volvería a visitarlo dentro de un mes.

—Entonces —me dijo—, toma de una vez, no está de más que las tengas —era un duplicado de las llaves, las cuales, días después me enteré que eran de su ex mujer.

En los días siguientes le llamé por teléfono. Me platicó que el gato estaba totalmente sanado. «Deberías de verlo, brinca, corre, juega». Su voz era entusiasta.

A la siguiente semana me envió una foto del gato por whatsapp: había crecido, incluso se le notaba cierta musculatura. Entonces pensé, ¿qué mierda le inyectaron?

Llegó el día de volvernos a reunir.

Una vez que me bajé del autobús, llamé a mi hermano por teléfono para avisarle que de un momento a otro llegaría a su casa; primero al celular: no contestó; después a su casa: ninguna respuesta. No le di importancia al hecho y tomé un taxi, finalmente traía el duplicado de las llaves. En cuanto entré a su casa le avisé que ya estaba ahí: no contestó. Lo hice una segunda vez: nada. Una tercera, casi gritando: lo mismo. Pensé que había salido, a pesar de que su carro estaba en la cochera. Caminé hacia la sala, el comedor, la cocina: nadie.

Decidí dejar mis cosas en la recámara de las visitas. Cuando entré, apenas dejé mi maleta sobre la cama, escuché un sonido anómalo. ¡Ese sonido, siempre presente en mis pesadillas! Era un ronroneo grave, horrísono, que evocaba a un terrible animal. Provenía de la recámara de mi hermano.

El día que mi gato se enfermó, caminé.

Caminé acelerando los pasos y a la vez sin querer avanzar: una extraña inquietud me colmó, la cual al siguiente instante se tornó un intenso miedo.

Llegué al marco de la puerta con las piernas tambaleantes y el corazón desbocado. Ya no se oía gruñido alguno, en cambio se intensificaba otro sonido, acuoso, sordo. Empecé a imaginarme lo que sucedía, pero nunca imaginé que la escena que estaba por presenciar perturbaría mis emociones y mis pensamientos, mucho menos que mi vida se retorcería de forma tan cruel.

Me asomé sigilosa, tímidamente: quedé petrificado un par de segundos, luego corrí despavorido hasta la calle. La escena, la terrible escena que me punza hasta hoy, insistente y aguda, cada día, cada momento, me dejó paralizado sin saber qué hacer. El gato, ese maldito gato cuyo tamaño era el de un tigre, había matado a mi hermano: ahí estaba el pobre, tendido en el piso, con el cuello brutalmente herido y un brazo desmembrado, el cual colgaba de las fauces del animal.

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