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Profesión

El paciente cero

El primer paciente que tuve que llevar al mortuorio contaba apenas unos meses de edad. Al verlo acostado en la cuna, como dormido en completa paz, envuelto en esas sábanas que sólo dejaban ver su rostro, cualquiera podría haber dicho que tenía un aspecto saludable; era un bebé rubicundo y rozagante. Pero al mirar más atentamente y descubrirlo se le podían notar por todo el cuerpo innumerables puntos rojos, de diferentes tamaños. Dijeron que había sido alguna clase de hemorragia.

Yo era nuevo en el hospital. Aún sigo sintiéndome como un novato en el trabajo, pero hacía sólo unas pocas semanas que había ingresado cuando aquél primer paciente falleció mientras yo estaba de guardia en el servicio.

—Me va a ayudar a amortajarlo — sentenció la enfermera a cargo, llamándome. Antes de tocarlo por primera vez sentí que todo me temblaba y que empezaba a sentirme como agitado. —Así que esto es “el ansia”— me dije, recordando a mi abuelita que padecía asma.

No quise dejar que la enfermera notara mi desazón y recordando a los maestros me enfoqué en intentar ponerme en control de mi respiración. Poniendo como pretexto haber olvidado los guantes me aparté un poco y me introduje en un cuartito donde se guardan medicamentos y sueros; no mentí del todo, había algo que no llevaba, así que fui en busca de mis arrestos, de mi aplomo, intenté invocarlo golpeando fuertemente con mi puño derecho la palma de mi mano izquierda varias veces, habría querido gritar pero hubiese llamado mucho la atención, aún ahí, froté entonces vigorosamente las palmas de mis manos en un intento de desatar en mi interior una tormenta de adrenalina, respiré hondo otra vez y luego salí y fui hacia la cuna mientras me ponía los guantes.

“Actúa como adulto”, me decía a mí mismo mientras caminaba hasta allá, “Ya no tienes 20 años”. El caso es que ya cerca de los cincuenta sigo sintiéndome como veinteañero, aunque mi vigor ya no es el mismo y tengo muchas canas.

Creo que para los que trabajamos aquí sólo hay dos opciones: Te envuelves en un caparazón en forma de bata o expones el pecho abierto donde harán blanco todas y cada una de las tragedias que le ocurren a esos desconocidos que llegan buscando ayuda. Todavía no sé qué es mejor cuando lo que quieres, o lo que tienes que hacer, es dar asistencia.

Nunca había visto un muerto, siempre le había huido a todo lo relacionado con la muerte, como a muchas otras cosas, pero en algún momento acepté que era imposible seguir viviendo de esa manera y empecé a obligarme a encarar situaciones que hasta entonces había hecho todo lo posible por evitar.

Supongo que la misma vida se encarga de enfrentarte a las que faltan; en ese momento me era imposible apartarme, para eso estaba ahí.

Me había hecho el propósito de no seguir huyendo, desde antes de empezar con éste trabajo, había resuelto dejar de lado los escudos y las máscaras, sin reparar en el riesgo implícito. Y además no tenía de momento otra forma de ganarme la vida. así es que no iba a renunciar a éste trabajo, como habría hecho en otro tiempo. Por la misma razón no uso bata.

Debido a su pequeñez no fue difícil amortajarlo, terminamos en pocos minutos. Por alguna razón que no recuerdo no usé una camilla ni una cuna para transportarlo; todavía me pregunto cómo diablos se me ocurrió llevarlo en brazos. Pero no había nadie a quién pedirle orientación, la propia enfermera me preguntó:

—¿Quién lo llevará al mortuorio? ¿Va a venir alguien o irá usted?— Ya me había dado cuenta para entonces de cuántos protocolos faltan entre todos los que hay en el hospital y cuántos agujeros tienen los que ya existen y que la única manera de suplir la deficiencia es pasar a la acción, con tal de evitar la parálisis.

—Lo llevaré yo— resolví.

En el corto trayecto hasta el mortuorio pasé por varias etapas; en un primer momento, sintiendo su corpecito todavía tibio quise aferrarlo fuertemente a mi pecho, como intentando que una chispa de los acelerados latidos de mi corazón de alguna manera saltara hacia él y lograra encender en el suyo el fuego necesario para hacerlo volver a palpitar. Luego me horroricé, aquél envoltorio ya no contenía más que un despojo, un cadáver, quizá se había iniciado el proceso de descomposición y los gusanos pululaban ya en él; ya no cargaba un bebé sino un amasijo de carne pútrida, sentí entonces un vivo deseo de arrojarlo lo más lejos que pudiera y alejarme rápidamente.

Pero era todavía, y lo sería por siempre a pesar de su temprana muerte, el hijo de alguien, un motivo de preocupación, origen del sufrimiento, del dolor perenne de alguien y causa de un llanto incontrolable; una esperanza que quedó trunca apenas nacer. “¡Cálmate ya, carajo, respira hondo!”—me dije. Intenté recordar que mi dolor era mínimo, inexistente, frente al de su madre, pero todavía tras llegar al mortuorio, abrir la puerta del enfriador, colocar al bebé amortajado y cerrar, al querer despedirme de él, como hacen algunos compañeros con los pacientes fallecidos, recordé que ni siquiera tuvo un nombre: Lo llamaban “hijo de… “. Pudo haber sido hijo de Lupita, de María, de Juana, no sé.

Me quedé unos segundos agitando la cabeza agachada, como negando, mientras seguía de pié con las manos apoyadas en la puerta metálica y fría de aquél contenedor.

Se me escapó un suspiro y me dirigí a la puerta quitándome los guantes, buscando un poco de aire fresco. El penetrante olor a formol y desinfectante empieza a agobiar en pocos minutos a pesar de la mascarilla. Los olores no son más que partículas infinitesimales de las sustancias y el olor a mortuorio no sólo se impregna en la ropa, sino que llega por medio de la nariz a la garganta, donde forma un nudo, y a la boca, donde se queda su extraño sabor hasta por horas. Sabor a muerto. Y el frío del lugar cala y duele en las entrañas; en el abdomen, en las tripas; en la espalda, en los pulmones, y todo eso junto hace que uno sienta ganas de salir apenas haber entrado.

Esa primera vez fue un tremendo impacto, pero no lo fue menos el volver al servicio. Ahí parecía que nada hubiera ocurrido, sólo mandaron a alguien a desinfectar la cuna y el monitor de signos vitales. De no ser por eso nadie habría dicho que estuvo previamente ocupada.

Las enfermeras estaban entregadas a sus actividades que realizaban casi mecánicamente, actuando como por reflejo o por instinto, y a su vida. Charlaban de trivialidades, bromeaban y reían haciendo pequeños escándalos.

—¿Dónde habré dejado mis tijeras? ¿Alguien las ha visto?

—¡Otra vez las perdiste! Ya te está dando el alemán…

—A ver, ¿cómo te llamas? ¿En dónde estamos?

La normalidad con la que actuaban me sobrecogió.

¿Tan pronto habían olvidado lo ocurrido o ni siquiera les importó? Quizá aquí ésto es lo normal; nacer y morir; sufrir y gozar; oscilar entre el cielo y el infierno, de un minuto a otro, de un servicio a otro, sin tiempo, o sin ganas, para condolerse, para solidarizarse en la pena ni participar de la alegría de otros. El médico sale al pasillo a decirle a una madre “Hicimos todo lo necesario…” pero nunca termina la frase diciendo “pero no pudimos salvarlo”. Porque la segunda frase implica culpabilidad y la primera lo insoslayable. Quizá es porque el médico no se permite ser humano o no se le permite, quizá esté mal visto o sería vergonzoso que incluso después de haber estudiado tanto llegue un momento en que nada puede hacer sino esperar, porque el médico aprende a asumir, como sus maestros, que han desarrollado un poder casi sobrenatural, como si sus estudios hubiesen sido mágicos en vez de científicos. Un poder que en realidad nadie tiene y ni siquiera existe: El de vencer a la muerte. Parecen creerlo obviando por completo que pueden evitar que alguien fallezca pero nunca ningún médico ha podido revivir a un difunto.

Eso sería un triunfo, lo demás es sólo evasión. Y no es lo mismo.

Así que el médico habla y trata de explicar sin reparar en que la madre ya no le atiende, ni siquiera está presente en realidad y en ese momento no entendería nada de cualquier forma, aunque le explicaran como a un niño de cinco años, sólo le quedan grabadas palabras sueltas: “Autoinmune”, “falla”, “hemorragia”, “colapso”. Nunca expresan un “Lo siento”, nunca ofrecen “¿Hay algo en que pueda ayudarla?”, si acaso dicen, “Alguien de trabajo social va a venir para decirle qué tiene que hacer”. Y la madre se queda ahí, en el pasillo, viendo que pasan muchos “alguien”, para acá y para allá mientras ella está, con la vista nublada por las lágrimas, esperando de alguna manera poder reconocer a ese que vendrá a decirle qué hacer cuando un hijo ha muerto.

Adrián Lobo

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