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El viaje de Anaí por el mundo de las letras

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Anaí López es un encanto de mujer en toda la extensión de la palabra: mujer guapísima, inteligente, preparada, amante esposa y madre adorable, es fácil establecer contacto con ella, en este mundo de la cultura y de las artes, algunos de sus exponentes a veces se antojan inalcanzables o se convierten en inalcanzables cuando pierden el piso al treparse en un ladrillo y marearse por el éxito de una o varias de sus obras.

Nada más lejano de la realidad de esta gentil escritora que si bien en los últimos meses ha tenido una agenda apretadísima se dio el tiempo para concedernos esta entrevista, es más, ha sido tan generosa en su ser que precisamente por estar ocupadísima con la presentación de su última obra en las diferentes librerías o festivales, a solicitud de quien esto escribe comentó por el chat, “envíame tus preguntas y en cuanto pueda te contesto”.

Pues sí, elaborar un cuestionario como que tampoco es muy del estilo de una servidora, pero aun así dicho cuestionario se concentró en solo tres preguntas generales que la escritora captó en el aire inmediatamente, queríamos conocerla, conocer su obra no es difícil, es cuestión de ir a una librería, comprar sus libros y ¡voila!

Nosotros queríamos conocer a Anaí López, la escritora, pero también la mujer que fue niña y adolescente, la que se enamoró y terminó desenamorándose, la que cumplió no uno, sino varios de sus sueños y la que en el periodo más feliz de su vida -que fue ser madre y esposa- se enfrentó a una lucha férrea por recuperar su propia salud con perseverancia y con mucha valentía hasta lograrlo.

Y así, un día, llegó la respuesta realmente sorprendentemente amorosa, sencilla y natural de Anaí, y es ella, en su más pura esencia quien no solo se presenta ante nuestros lectores, se entrega totalmente, se da en ese sentido que solo los nobles de corazón se pueden dar, así que sin más, disfrutemos de esta entrevista sui generis y recorramos con ella su experiencia de vida.

“Todo indicaba que yo iba a ser una mujer muy conservadora. Nací en una familia católica, fui a una escuela de monjas, tocaba la mandolina y la trompeta en la estudiantina y tuve mi primer novio “serio” a los dieciséis. Por esas mismas épocas también fui animadora de campamentos, me puse a estudiar un diplomado de Filosofía los fines de semana y ya tenía rato ejercitando la más intensa de mis prácticas obsesivas: escribir. Empecé cuando era muy chiquita. Mis padres se separaron y en lo que reacomodaron sus vidas, yo pasaba mucho tiempo sola. Los cuadernos se volvieron mi refugio. Los rellenaba a tope con dibujos e historietas donde siempre me proyectaba como adulta. Yo tenía mucha prisa por crecer. Tengo dos hermanas que me llevan muchos años (fui el pilón de la familia) y siempre tuve urgencia por alcanzarlas. Me esmeré en copiarles dos cosas: fumar y llevar un diario. El cigarro logré dejarlo pero los diarios no los he abandonado hasta hoy. Ahí descubrí un espacio íntimo e intransferible donde podía traducir el torrente interior que a veces sentía que me rebasaba. Gracias a la escritura pude observar mi mente y perderle el miedo”.

“Yo no sabía que eso iba a convertirse en mi oficio. Me costó mucho trabajo elegir carrera, y me decidí por Comunicación. Creo que hice bien. Me divertí muchísimo haciendo videos, programas de radio y campañas de publicidad. Comencé a trabajar desde que estudiaba becada en la Ibero. Tomaba clases en las mañanas y después agarraba mi coche, que se descomponía a cada rato, para irme a que me explotaran en toda clase de oficios, desde servir mesas y editar comerciales hasta graduar anteojos. Pronto entré al Canal Once, donde comencé a escribir los guiones para Bizbirije, El Diván de Valentina, y otros programas para niños que me dieron la claridad de que para eso estaba hecha: para darle vida a personajes e historias”.

“Luego me fui a España a estudiar mi maestría en guión de cine y televisión. Tenía familia allá y, sobre todo, una urgencia indecible por largarme. En Madrid, entre vinos baratos y viajes mochileros, forjé lazos indisolubles. Iba por un año y me quedé tres. Al final me mudé a Barcelona y en esa ciudad primorosa, la cosa se puso fea: estaba de ilegal, no tenía dinero y terminé volviéndome publicista. Entretanto me enamoré, pero el amor era frágil y hablaba catalán. Volví a México con el corazón bien roto, pero Coyoacán poco a poco me lo fue restaurando. Renté un estudio muy chiquito pero con una tina muy grande en el corazón del barrio. Y ahí, en una habitación propia, como lo recomendó Virginia Woolf, al fin me convertí en escritora. Es decir, asumí que aparte de los trabajos que me daban para la renta, y más allá del soliloquio de mis diarios, tenía que atreverme a compartir algo, lo que fuera, que saliera de mí”.

“Fue así que inauguré un blog llamado Coyoacán Jane, y desempolvé una novela que había comenzado en España. La titulé “Quiéreme cinco minutos”. Por esos años asistía todos los jueves al taller de Vicente Leñero en la biblioteca de la Sogem. Más de una vez me hicieron pedazos, pero yo insistía en presentarme y entre los maltratos en el taller y la lluvia de correcciones en el trabajo, me curtí en dos de los requisitos más importantes de este oficio: aguantar la crítica y ponerse a reescribir”.

“Con los años, yo misma me volví maestra en la universidad y tallerista. También me convertí en jefa de escritores. Coordiné los equipos de escritura de la serie XY en el Canal Once, y de varias teleseries. El oficio es canijo. Cuando escribes algo que te encanta y luego pasa por tantas manos (directores, actores, vestuaristas, editores, etcétera), a veces el resultado dista mucho de lo que habías imaginado. Una vez incluso pedí que quitaran mi crédito de una película en cuyo guión me había dejado el alma. Pero nunca dejaré de ser guionista: el cuarto de escritores, la energía que tiene, hace que siga siendo uno de mis lugares favoritos del mundo. Muchos de los escritores con los que he trabajado y hecho equipo, se han vuelto parte de mi familia”.

“Escribir libros es otro cantar. Es un quehacer solitario y tiene la ventaja y la desventaja de que el resultado te lo comes tú sola por entero. Pero vale la pena. La travesía al interior que se hace al escribir una novela, equivale a veinte años de psicoanálisis (y lo dice alguien que lleva precisamente veinte años en psicoanálisis). De esos veinte, me tardé nueve años en publicar “Quiéreme cinco minutos”. Finalmente tomó el riesgo la editorial Penguin Random House, y creo fue una apuesta fructífera: el libro se convirtió en best seller y en lectura obligada en varios bachilleratos del país. Durante los siguientes tres años, mientras escribí y publiqué las dos siguientes partes “Quiéreme si te atreves” y “Quiéreme bien” (que estaban pensadas de origen pero tampoco sabía si lograría publicar), perdí a mi mamá y a mi papá. Lo más extraño es que en el mismo periodo de tiempo conocí a Andrés, el chico con el que me casé (de forma muy poco conservadora: a los 37 años de edad, y en una ceremonia pagana, sin intermediarios) y con quien adopté una gatita (el primer bicho vivo que me aventuré a cuidar) y ahora también tenemos un chiquitín. Humano, pues. Yo me había enamorado muchas veces, pero lo de Andrés fue algo que nunca había sido: inescapable”.

“Los tres libros que componen “Quiéreme..”,  la historia de Elena Balboa, cuentan sus peripecias desde sus quince hasta sus diecinueve años, en un recorrido que incluye muchas primeras veces y todas las aventuras extraordinarias que pueden caber en la vida más común de una chava de la ciudad de México. Todo lo cuenta la propia Elena, desde su voz interior y la libre asociación de sus pensares y sentires. No es una historia autobiográfica, pero es claro cómo mi propia travesía personal permeó en ella en lo profundo: la de Elena es una lucha por hacerse aliada de sí misma, vivir bajo sus propios términos, y entender que el amor, cuando es bueno, no puede forzarse”.

“En el viaje”, el libro que acaba de publicar la misma editorial de la trilogía, surgió de la desesperación. Cuando tuve a mi hijo lo pasé muy mal. Nació prematuro y pasó muchos días en el hospital, con diagnósticos contradictorios, suficientes para sumergirme en un estado ansioso muy difícil de sortear; meses más tarde me operaron de emergencia de la vesícula y semanas después, me diagnosticaron con cáncer de mama. Esteban tenía apenas cinco meses de nacido”.

“Mientras estaba en el hospital, no podía creer que apenas año y medio antes, estaba en Tulúm con mis amigos y mi entonces prometido en un reventón formidable a la orilla del mar, donde unas cinco mil personas festejábamos que no se hubiera acabado el mundo, según lo auguraba el calendario maya. Desayunábamos manzanas, porros y cubas y bailábamos en euforia total. En esa fiesta surgió el tema del nuevo libro: las drogas. Decidí que tenía que hacerme muchas preguntas al respecto porque el abuso de sustancias había marcado a mi familia por diversos frentes. Durante esos meses complicados, entrando y saliendo de hospitales, la única idea que me sacó a flote fue pensar que escribiría un libro con un nivel tan tremendo de fiesta como seguramente no volvería a tener en mi vida. La nostalgia ha sido siempre para mí un potente motor creativo”.

“En el viaje” terminó siendo un recorrido vertiginoso en torno a la década de los veinte, con toda su compleja dicotomía entre las responsabilidades y el “sentar cabeza” que exige esa etapa, y el hambre de experimentación y de vuelo que también incluye. Pero sobre todo, es una historia sobre la amistad y sus poderes, que son de los poderes más grandes que conozco. El libro se trata de siete mejores amigos quienes, después de diez años de acompañarse y de vivir todo tipo de cosas, deciden emprender una travesía espiritual camino al desierto de San Luis Potosí, para probar juntos el peyote. Todos son aficionados a la fiesta, rito compartido que los ha ido configurando a través del tiempo, y todos son adictos a algo. O a alguien”.

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“Siempre he dicho que yo no escribo lo que pienso. Escribo para descubrir qué pienso. Como dice Rosa Montero, la escritura es un ejercicio que uno debe emprender cargado de preguntas, no de respuestas. “En el viaje” me ayudó a descubrir que las sustancias están ahí como lo están la comida, las pantallas, los likes y todo lo “consumible”, pero lo determinante es lo que pasa en nuestras cabezas y en nuestras relaciones. Las adicciones son un síntoma de nuestros tiempos turbulentos y escindidos en los afectos y en ese sentido, uno puede hacerse adicto a muchísimas cosas, no sólo a las sustancias. Entendí que una de las cosas más dolorosas que alguien puede sortear es forzarse en un molde que no le queda, en unos zapatos donde no entra; que lo sagrado no entiende de instituciones ni manuales de instrucción, y que la clave para ser felices, si tal cosa existe, es hacernos responsables de nuestras propias vidas y ser capaces de elegir por nosotros mismos”.

“En el viaje” es una continuación temática con mis anteriores novelas en cuanto a la exploración de la autonomía y la libertad, con la amistad y el amor como ejes, y el intento de hacer un retrato crudo y realista de la juventud contemporánea de la Ciudad de México, huyendo de lo moralino y lo panfletario tanto como mis reminiscencias mochas me lo permiten”.

“En aquellos meses tan difíciles en que me convertí en madre y luchaba a zapatazos contra la enfermedad, leí que lo que de veras vale la pena, cuesta trabajo. Mi esposo y yo elegimos ser padres y nada nos ha costado más trabajo. Ninguno sabía cómo sea hacía eso. Y descubrimos que se hace sobre la marcha, igual que se escribe y que se vive. “En el viaje” se coció a fuego lento a lo largo de seis años (cuatro pensando y configurando la novela y dos escribiéndola) con una entrega que yo nunca había experimentado en mi quehacer. Tal vez esa fue una de las razones por las que decidí dedicársela a mi hijo”.

“Ahora Esteban tiene cinco años y, en efecto, me parece que su papá y yo no hemos vuelto a agarrar un nivel semejante de reventón al de aquel rave en Tulúm (aunque hemos estado dignamente cerca). Pero otra cosa que he comprendido es que con sus viajes y sus malviajes, sus bajones y sus subidones, y con la intensa euforia que subyace el estar vivo a pesar de cualquier circunstancia, la vida en última instancia es eso: nuestra gran y única fiesta”.

Agradeciendo infinitamente la generosidad de Anaí deseamos agregar como datos adicionales lo siguiente:

· La trilogía “Quiéreme” ha tenido varias reimpresiones, incluida una edición para España, y ha vendido cerca de 100 mil ejemplares.

· Este mes salió a la venta en librerías de todo el país la caja especial de colección con los tres volúmenes en edición limitada.

· “En el viaje” se presenta en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara el 4 de diciembre.

· El último trabajo televisivo de Anaí fue como jefa de escritores de la serie “Ana”, con próximo estreno en Amazon Prime.

Es importante igualmente compartir las Redes sociales de la autora por si desean seguirla o contactarla: anaimlopezp (Instagram)/ Anai Lopez (Facebook) / @ranachat (Twitter)·

Blogs: Coyoacán Jane: coyojane.blogspot.com / La ExtremaDura: laxtremadura.blogspot.com

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