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Ensayo sobre la tristeza

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Ensayo sobre la tristeza. Cuando los problemas parecen no tener solución, es entonces cuando esa lucecita en el camino aparece muy tenue. Puede ser la llegada de una persona en nuestra vida, una fortuna improbable o un repentino golpe de “buena suerte”. Mamá dice que eso es un milagro.

Solo sanamos de un dolor cuando lo padecemos plenamente.

Will Rogers

Hace algunos años en la televisión se transmitía un comercial de un medicamento auxiliar en casos leves de depresión. Y hay que aprender a diferenciar la tristeza. No es lo mismo perder una apuesta y llorar por la derrota de un equipo deportivo, a que por malas decisiones o circunstancias económicas perdamos esposa, casa, trabajo, mascota o llorar la pérdida de un familiar muy apreciado. Nos inventan sofismas científicos sobre la deficiencia vitamínica en un problema del alma. Yo en tono de broma tonta del canal 9 digo que no me he recuperado de la depresión que me aquejó hace nueve años. Recuerdo esa etapa horrible con ternura y con miedo. Esa joven que me puso al borde del suicidio me enseñó una valiosa lección e hizo que aprendiera otras tantas en todos mis oficios durante mi penoso exilio.

Para ser honestos, quisiera compartir algunas cosas que durante ese tiempo hice para mantenerme vivo en esa pequeña muerte, para inventarme la supervivencia más el enorme esfuerzo que en ese entonces me suponía el simple hecho de respirar. Realmente no son la panacea ni pretendo un trabajo médico, lo que quiero es explicar algunas cosas que hasta la fecha me han ayudado a sobrellevar la vida diaria.

Cosas que aparecen como instinto de defensa cuando aparece algo que me recuerda a esa persona.

Una ex pareja sentimental me preguntó si yo era rencoroso. Le contesté con toda tranquilidad que no. Añadí que es una leve tortura vivir en un sentimiento de odio hacia alguien a quien se apreció, y no tiene sentido consumirse la vida mientras la otra persona ríe, come, disfruta y se preocupa por sí misma sin importarle remotamente uno. Para mí los sentimientos no cambian del cuarto para las 5 a las 6:18, y lo que se puede desear es salud y recompensa justa para sus acciones.

Pero no siempre he pensado así. Entiendo que nos tienen que pasar desgracias para recapacitar, para componer el camino. Vivir en un idilio y de un momento a otro pasar al diluvio es complicado y en casos como el mío nos podemos estancar en el fracaso. Pero lo importante es salir de las dificultades, es romper ataduras mentales y a veces liberarse del auto-saboteo y la cizaña que nuestra mente crea. Aunque no lo parezca somos el rival a vencer. No es la ex pareja, el jefe o Dios. Hay que vencerse a sí mismo. Alrededor hay personas que solo nos ponen buena cara cuando parece que nos va bien y que solo nos tratan con cariño ajeno a las buenas intenciones.

Mis amigos siempre estuvieron para que ocasionalmente platicáramos de la situación del país o de los sentimientos.

Al principio viví en un estado de shock. Todas las mañanas me despertaba a las 7:30 y vivía como si nada hubiera terminado, pero por dentro sabía que el fin había ocurrido la tarde de ese viernes. Todos los sábados por la noche escuchaba ese programa de música instrumental con Luis De Mauleón y al terminar me iba a bañar con agua helada. Todos afuera viendo las películas y las peleas de box. Yo, en mi cuarto pasaba la noche en vela llorando escuchando cosas como “Not Over You” de Gavin De Graw o “Shake it  Out” de Florence and the Machine, con canciones de los 90 y otros covers. Aprendí que en Radio Red los bloques de 4 canciones tenían un cover, una canción de la década de los 80, una de los 90 y un éxito actual. Tan bueno como The Baseballs o tan horrible como Nicki Minaj o esa canción de Bruno Mars que llegué a detestar de tanto que la repetían.

Pero el fondo fue cuando se agravaron los reproches, mi productividad de época de vacaciones en casa se redujo por debajo de cero y llegué a ver en una tarde de agosto el programa de Laura Bozzo recostado en cama comiendo un bote de helado. Sabía que podía caer más bajo cuando entre lágrimas tomé ese bote de veneno para ratas y envenené un bolillo para luego tragarlo y vomitarlo. No tuve valor, Me enfrenté a uno de los hombres más malos –y por lo visto, uno de los más cobardes- y por llorar no pude acabar con él. Ese hombre del que hablo era yo mismo. Dicen que los gatos tienen siete vidas.

Cuando uno está en la infancia al jugar a los caballeros y el dragón, o a los “Power Rangers” uno puede decirle a su rival: ¡ya moriste! Mi primera muerte simbólica fue en el simulacro en la escuela el 19 de Septiembre del 2008, cuando por ir al baño saliendo de una clase de Literatura me contaron en la estadística junto a un amigo que tuvo la misma suerte.

Lo que considero mi segunda muerte es el episodio del párrafo anterior.

Sin saberlo pero negándolo, obtuve una segunda oportunidad. Aunque seguía hundido en la inmundicia hasta los tobillos (pero de cabeza) apareció una oportunidad para salir. Eso fue en las campañas presidenciales del 2012. Escuché con más atención los programas Instrumentales y los espacios musicales hasta de las estaciones noticiosas de radio y yo siempre llevaba una libretita donde anotaba los títulos de las canciones que escuchaba.

Sabía que la “izquierda” intentaba convencernos de que ellos eran los políticos que necesitábamos. Así que también retomando las lecturas encontré en un bazar de libros cuando me tomé unas fotografías para el Servicio Militar un título de Mauricio González De la Garza. En mis redes sociales comentaba el peligro de que no podíamos llamar a los lobos para defendernos de los perros. Pero todo ese esfuerzo se opacó cuando mis contactos cercanos –la mayoría- caían como pinos de boliche con las ideas ingenuas del llamado #YoSoy132. Gracias a Dios, y en ese entonces, ese temor no se cumplió.

Leía con más frecuencia los periódicos y algunos libros que me ingeniaba para comprar en una librería “de viejo” ahora extinta. Cuando llegó la temporada de Futbol Americano, los domingos tuvieron otro sabor. A veces a pierna de pavo rostizada con papas y guacamole. A veces a cheetos y frituras de maíz con salsa picante.

Y todos los días estaba la música que llegó para quedarse. 

Agradecía cada que ponían las selecciones musicales de una colección de 10 discos compactos que al parecer ya descontinuaron. Me impactaron las versiones de Waldo de los Ríos a temas clásicos como La Traviata o el Nabucco; una colección de música instrumental donde había una canción que se llama “La burbuja” (posteriormente supe que esta canción nada mencionaba sobre una burbuja), “La marcha sobre el Río Kwai”: aquel inolvidable tema de película, “Mu-cha-chá” de Sammy Kaye, o el éxito de Ramsay Louis “In the crowd”.

Al poco tiempo entré a la empresa donde laboré durante seis años. Y cosas que acabo de mencionar me ayudaron a tener una carrera hasta cierto grado exitosa. Donde conocí gente grandiosa y que me ha orientado en búsqueda de una buena consecución laboral; un lugar especial en el tiempo y el espacio donde las gelatinas se derriten al paso de las horas, donde todos los hombres se enamoran de una sola mujer y donde se fincan los valores en base a la música tropical y grupera. Donde tuve presiones, enojos, decepciones y una pareja sentimental que marcó para bien mi vida con su cariño y lecciones.

Lo que a mí me funcionó quizá no le funcione a Usted, pero espero que de todo este compendio de barbaridades usted pueda obtener algo que le ayude a sobrellevar este momento difícil. Leer o escuchar la buena música son recomendaciones sencillas que en circunstancias depresivas, o que para quienes se mantienen en casa derivado de esta contingencia por la COVID-19, hambrientos de contacto físico con personas apreciadas parecen imposibles de realizar. Así como la tecnología nos acerca más con las personas queridas, también los recuerdos, y el mirar atrás para ver qué circunstancias nos han formado pueden estrechar vínculos con la gente cercana, e incluso, con nosotros mismos.

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