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Historias de vida

Reforma

Por un tiempo viví en Reforma y ahí descubrí que el 4 es mi número de la suerte, que los tréboles de cuatro hojas y la cerveza verde de San Patricio fueron un indicio de la buena fortuna que estaba por venir. No viví en la Reforma que la mayoría podría pensar y no por ello tiene menos grado de verdad. Recuerdo a los vecinos, al que fumaba en el jardín común y a los que no cerraban la puerta. Nunca me invitaron a pasar, y él otro ni me ofreció cigarros, tal vez sabían que no aceptaría su oferta, pero aun así hubiera deseado agradecer la cortesía.

Había una vecina, una chica joven y agradable, todos los días se veía en el reflejo de mi ventana, se levantaba la blusa para observar su torso delgado y su arete en el ombligo. No me atreví a decirle que yo podía ver todo lo que hacía a través del cristal, necesitaba de su jovialidad e inocencia, porque me inyectaba la motivación que hacía falta para reescribir mis poemas.

Ojalá ella pudiera leer alguno y saber que fue gracias a su sonrisa tímida que tuve el valor de compartir mi poesía.

Durante el tiempo que viví en aquel rincón de la ciudad descubrí la belleza de crear una rutina y de cómo lo extraordinario se convierte en cotidiano. Todas las mañanas escuché pasar a los camiones, el retumbar de la calle y ventanas me fue indiferente. Aunque despertar en sus brazos nunca dejó de ser emocionante, llegué a sentir que desde siempre habíamos estado juntos. Acepté que encontré a la persona con la que soñé desde niña y con él fui construyendo un lugar en el que nuestras ambiciones crecían con libertad al igual que nuestros miedos.

Iniciamos una vida sobre una base que temblaba, temblaba y no se derrumbaba, el piso era frágil y aun así logró sostenernos por años. Llegó el momento en que las dudas reinaron y fueron alimentadas por la desconfianza. Tuve que decirle más de mil veces que lo amaba, así explícitamente, sin palabras más o menos, pero siguió dudando y eso era lo correcto. Mi naturaleza traviesa lo lastimó y es por ello por lo que terminó pidiéndome algo que no pude darle.

Así cómo estuvo previsto desde el inicio, nadamos en un vaivén desagradable y esa rutina que tanto disfruté había quedado atrás. Reconstruimos la nueva cotidianidad basándonos en todo lo que nos acomplejaba hasta llegar al punto de perdernos el uno al otro. Y a pesar de ello, volvimos a encontrar el camino a casa, pero en esta ocasión seguimos cargando las aflicciones anteriores. Siempre seré una cínica y terminaremos alejándonos por un tiempo o incluso tal vez para siempre, pero jamás dejaré de amarlo, ni de extrañar los días felices de cuándo vivimos en Reforma.

Paola Cantú

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