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La ventana sucia.

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Todas las mañanas, mientras tomaba mi café, acostumbraba ver a la vecina de la casa de enfrente.  De verdad, no podía entender cómo ella, tan delgada y presumida, podía vivir entre tanta porquería.

Mi familia se molestaba mucho porque decían que yo ocupaba demasiado tiempo en estar “vigilando” la vida de la vecina, pero es que no podía evitarlo.  Realmente me intrigaba como podía ella vivir así.

Yo sabía que había algo oculto.  Yo, que podía ver desde mi ventana, toda la porquería y suciedad que había en el interior de su casa, sabía que esa radiante, fresca y juvenil belleza que proyectaba en público, era una farsa. Nadie puede ser tan feliz y exitoso viviendo como yo había descubierto que ella vivía.  ¿Cuál era el secreto de esa misteriosa vecina?

¿Cómo podía brillar entre tanta porquería?

Estando dispuesta a descubrir la verdad, traté de empezar a salir “casualmente” a la misma hora que ella salía de su casa.  No lo logré.  Ella es el tipo de desequilibrados emocionales que antes del amanecer ya fueron al gimnasio y regresan bañados, felices y llenos de energía.

¿Quién en su sano juicio ya cumplió sus metas del día antes de media mañana?  Sólo quien no tiene paz interior y seguramente por eso, no le queda más remedio que madrugar y salir temprano de su casa.  Seguramente no soporta estar tanto tiempo entre tanta suciedad.

No entiendo cómo es tan feliz.  No duerme bien y seguramente tampoco se alimenta adecuadamente.  Aunque su cuerpo luce fuerte, esbelto y su piel firme y de buen tono, jamás he visto que le traigan hamburguesas o pizza cuando recibe servicios a domicilio. Y cuando baja sus compras del auto, he visto que compra muchas verduras y frutas… ¿Y la carne y las latas?

“Ve a tu casa y lava tu ventana”.

Cómo ya no pude con la incertidumbre, me armé de valor y enfrenté a mi vecina.  Le dije que a mí no iba a engañarme pues tenía mucho tiempo observando todos sus movimientos desde mi ventana.  Que yo no me creía el cuento de que su vida era tan perfecta y exitosa y que le exigía que me dijera cómo podía ser tan feliz viviendo entre tanta suciedad.

Ella me miró extrañada y, después de observarme de arriba a abajo, me brindó una sonrisa que no supe si era de burla o amistad. Y entonces me dijo que en ese momento no tenía tiempo para platicar conmigo, pero que me sugería que me fuera a mi casa y lavara mi ventana.

No entendí esa sugerencia, pero pues hice lo que me dijo. Curiosamente, desde que lavé mi ventana por donde la observo, ella tiene su casa perfectamente limpia y ordenada.

Creo que debo mantener limpias las ventanas de mi casa. Eso es bueno para que el mundo exterior tenga más orden y limpieza.

La suciedad no siempre está afuera. Generalmente está en el interior y en el vidrio atraves del cual se observa.

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