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Las hamburguesas en mi historia.

En la década de los 90’s, mi hermano, que es un par de años mayor que yo, me invitaba con frecuencia a comer hamburguesas en “Beef fans”, en la colonia Polanco del entonces Distrito Federal, ahora CDMX.

Era toda una aventura ir a ese lugar.  Te daban la hamburguesa del tamaño que la pedías y luego pasabas a las barras que había al centro y al rededor del lugar para ponerle libremente y a gusto personal todos los aderezos y complementos que se te pudieran antojar.  Yo amaba cubrir mi hamburguesa de pepinillos agrios… ¡Era todo un lujo!

“Beef fans” era un lugar costoso, pero bien valía cada peso.  Aunque ahora que recuerdo, eso nunca me preocupó porque Enrique, mi hermano, siempre me invitaba.

Lo más valioso de esos tiempos, es la convivencia con mi hermano.  Sus pláticas, sus miles de consejos, su protección.  Hoy ya no existe el “Beef fans” pero tengo hermosos recuerdos y enseñanzas que mordida a mordida, entre hamburguesas y condimentos, me dejó mi hermano, quien aún ahora que casi no nos vemos, me sigue aconsejando, me sigue queriendo y protegiendo.

Mi hermano es un hombre sumamente serio, pero en aquellas salidas a comer hamburguesas, de verdad, lo recuerdo sonriendo. Y su sonrisa es uno de mis más bellos recuerdos.

Las hamburguesas en el coche de camino al trabajo.

Retrocediendo una década más en mi memoria, llegamos a los años 80’s.  Ahí aparece en mi vida otra hamburguesa icónica de mi historia: Burguer Boy.

En aquel tiempo, estudiaba en la EBC de Reforma 202 y trabajaba dando clases de gimnasia olímpica en las academias “Ludskanov”, también en la colonia Polanco.

Oti, mi hermana mayor, quien también me ha guiado en cada etapa de mi vida rebelde, pasaba por mi a la escuela para llevarme al trabajo.  Antes ella pasaba a comprar un paquete de hamburguesa con papas y refresco para que yo me lo fuera comiendo mientras que, al mismo tiempo, me cambiaba de ropa.  Era todo un reto de acrobacias y trabajo en equipo. Cambiarme de ropa, comerme mi hamburguesa con papas y refresco y llegar puntual al gimnasio… Todo en el asiento del copiloto del Volkswagen sedán en que mi hermana me acompañaba cada tarde en esa carrera contra el tiempo.

Una tarde, no recuerdo la razón, teníamos tiempo de sobra, entonces mi hermana me invitó a comer a Sanborn’s.  Ese día en especial, además de contar con suficiente tiempo, mi hermana también llevaba suficiente dinero, así que me dijo que pidiera lo que quisiera del menú.  Después de un rato viendo el menú, no se me ocurrió pedir nada diferente.  ¡Pedí una hamburguesa con papas y refresco!

Cuarenta años después, mi hermana y yo seguimos recordando con risas y cierta nostalgia ese momento.

Esa hamburguesa estándar que me llevaba mi hermana todos los días, marcó una etapa en que ella también se dedicó a  protegerme, a guiar mis pasos… Creo que “Burguer Boy” ya tampoco existe, pero lo que no se pierde es el recuerdo.  El recuerdo del tiempo y dedicación que me daba mi hermana… Y eso es algo que aún ahora sigue haciendo.

Lo importante de mi hamburguesa es el complemento.

Puede ser una hamburguesa al carbón en el jardín de la casa, o una pedida por aplicación para entrega a domicilio.  Puede ser una al estilo “Beef fans” entre lujo y libertad o una tipo “Burguer Boy” entre prisas y consejos.  Cada hamburguesa puede ser el alimento ideal según las circunstancias del momento.  Lo que las hace algo especial, son los complementos.

Y al hablar de “los complementos” no me refiero a las papas fritas, ni a los aros de cebolla ni a los pepinillos o sobrecitos de catsup y otros condimentos.  Me refiero al contexto, a la situación, a la compañía y la manera en que se vive cada único e irrepetible momento.

Esos tiempos con mis hermanos, cada uno a su manera, me llenaron de maravillosos momentos.  Siempre protegida por ellos, escuchando sus propuestas y consejos.  No hay duda que, con esos “complementos” alimentando mi alma, y el condimento de sus sabias palabras, aquellas hamburguesas se convirtieron en mi mejor alimento.

Estrella Cisneros

Nacida en la ciudad de México el 5 de junio de 1965.  Radica en Querétaro desde el año 2007.
Desde muy temprana edad mostró su gusto por las letras. A los cuatro años ya leía, siendo su libro favorito una antología del autor Rubén Darío, libro que aún conserva como uno de sus más preciados tesoros.

Miss Estrella, como la llaman sus conocidos, memorizó “A Margarita Debayle” y hasta la fecha le trae bellos recuerdos de infancia al lado de su madre, quien la alentó a disfrutar de la expresión escrita.
Escribió sus primeros poemas a los diez años. Ha participado con escritos de su autoría en certámenes como “Carta a mi hijo” de grupo Novedades, obteniendo el 3er lugar nacional en agosto de 1991, entre más de 2,500 participantes.

Siente gran pasión por la comunicación oral y escrita. Teniendo facilidad de palabra, lo que la llevó a alcanzar niveles importantes en el campo de las ventas directas, aunque lo que realmente disfrutaba era impartir capacitación en grupo y consejería individual.

Amante de las artes en general. Inició su formación musical a los 7 años de edad con clases de piano, instrumento que la acompaña hasta la actualidad. Destaca como maestra particular de piano desde 1985, año en que impartió sus primeras clases a domicilio.

Cuenta con talento especial para las artes plásticas y manuales como la pintura, el dibujo, bordado en tela y repujado en aluminio entre otras.

En su infancia, también fue gimnasta olímpica y formó parte de la selección nacional de judo.

Siempre positiva y de personalidad optimista. Su gran fortaleza espiritual, así como el siempre presente apoyo de su familia, han sido fundamentales para superar adversidades tales como el hacerle frente al síndrome de Behçet.

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