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Las paredes gritan II: Arte incómodo

El primero de febrero de este año en la Galería Fórum en Miraflores, Perú, un hombre intervino una escultura de la artista plástica Romina Chuls, la cual representaba a una virgen con un feto saliendo de su vientre, elemento que fue retirado por dicho sujeto. La intención de la artista era hacer una reflexión sobre el aborto. Como es de esperarse,  el tema no pasó desapercibido por los conservadores. El vándalo pertenecía a un grupo llamado los “Patriotas”, autoproclamados defensores de la moral. La noticia fue utilizada como ejemplo para algunos grupos conservadores para decir que, si las feministas pueden pintar un monumento, ellos pueden hacer lo mismo con las obras que ofenden sus valores.

Para empezar, el hecho no ocurrió en la calle, sino en un espacio privado. Las piezas dentro de un museo no pertenecen al público de la misma manera que las expuestas en espacios abiertos. Quiero decir, el visitante del museo no puede tocar las obras exhibidas, pero se lleva un concepto, un sentimiento o una idea; creó una conexión entre él y el objeto, esa es una forma de apropiación. Los monumentos expuestos en la vía pública sí pueden tocarse, tienen otra relación con la gente porque forman parte de su vida cotidiana y de su historia.

La artista declaró para el diario virtual El comercio: “…nadie tiene derecho de romper ninguna obra por el simple hecho de que no le guste”. Bien, entonces si un monumento no representa los ideales de una causa social, entonces ¿cambia la cosa? Estamos hablando de una protesta, la violencia que mostraron las feministas es la respuesta a la violencia ejercida hacia las mujeres o la que estamos expuestas a sufrir. Se pintó la ciudad para hacer un llamado desesperado de justicia.

Por así decirlo, es una violencia defensiva, mientras que algunos grupos conservadores manifiestan una violencia ofensiva.

Acuérdense de los ataques al cuadro de Zapata feminizado que el pintor Fabián Cháirez expuso en Bellas Artes.  A nadie hacía daño, pero encendió la homofobia, el machismo y el fanatismo latente en el país. Unos pidieron que lo quemaran y otros, en especial un grupo de agricultores comuneros, se manifestaron afuera del museo para que lo quitaran. Pero en la galería Fórum se llevó el asunto a otros extremos, pues recibieron amenazas telefónicas después del atentado.

Chuls expresó: “Provengo de una familia católica, y creo que la virgen nos pertenece a todos”. Por supuesto, los símbolos religiosos no son propiedad de la Iglesia y tenemos el derecho a hacer sátira religiosa para denunciar sus faltas, sus contradicciones, sus pecados. Lo mismo pasa con los símbolos históricos, los tomamos para cuestionar a la autoridad y a la historia oficial. Interpretamos los símbolos según nuestro criterio.

La artista visual Natalia Iguiñiz, salió en defensa de Chuls y comentó para El comercio: “…si alguien se siente vulnerado por una obra artística, y para resolverlo vulnera la pieza misma, entonces estamos en la ley de la selva. Así, el remolino de violencia se hace inacabable”. Bajo esta lógica me pregunto si la violencia ejercida sobre monumentos y edificaciones resulta más perjudicial que benéfica. A todo volumen las feministas gritaron: “Somos malas, podemos ser peores”, “Qué arda todo”. ¿Son proclamaciones de la ley de la selva? ¿A esto nos orillaron las autoridades? No confiamos en el sistema de justicia, nos dimos cuenta que la ley no se hizo para los ciudadanos, protege los intereses de la clase en el poder.

Una frase escrita con aerosol en el Ángel de la independencia decía: “Esto no es arte es patriarcado”.

En lo personal, no me parece un discurso válido porque por muy patriarcal que sea, sigue siendo arte. “Hacemos una invocación al respeto y la tolerancia con las ideas que no compartimos”, dijo Chuls. ¿Significa que debemos ser tolerantes con los monumentos y sus defensores?

Algunos monumentos representan el triunfo de un régimen, homenajean a un opresor: son ídolos de piedra, por eso las protestas civiles pasan por encima de ellos. No obstante hay obras y edificios, como el Ángel de la Independencia, el Hemiciclo a Juárez o El Palacio de Nacional, que significan algo más, los habitantes de la ciudad les han dado otra lectura y por ello les tienen afecto. Un comentario en redes sociales decía, “los monumentos no son tus enemigos”.

El autor del artículo para el ya mencionado diario parafrasea a Iguiñiz: “En efecto, como señala, estar en una sociedad democrática implica buscar los canales simbólicos, legales y sociales para mostrar nuestras diferencias. ‘Pero el camino nunca puede ser ni la censura ni el vandalismo’”. Lo malo es que en México la democracia es pisoteada por sus políticos, no obstante ¿qué tan democráticos son los movimientos de izquierda y de derecha?

¿Intentan llegar a un acuerdo o quieren imponer su ideología?

Hago un paréntesis. Vandalismo es un término que se usa para señalar las acciones destructivas que promueven el escándalo y la barbarie, que devastan sin consideración alguna. No obstante, quienes pelean por su derecho a una vida digna no pueden ser llamados vándalos ni delincuentes. Si se trata de cambiar la conciencia social, el daño a monumentos y edificios parece ser un sacrificio necesario.

Lo sucedido en la Galería Fórum me recuerda la censura que sufrió elmural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, creado por Diego Rivera para adornar el restaurante Versailles del Hotel Del Prado. En la obra se encuentran varios personajes importantes para la historia de México, entre ellos el escritor y político Ignacio Ramírez, el “Nigromante”, quien colaboró en la redacción de las Leyes de Reforma y apoyó el estado laico. Es conocido por el discurso que pronunció en la Academia Literaria de San Juan de Letrán, donde sostuvo su postura atea: “No hay Dios; los seres de la naturaleza se sostienen por sí mismos”. Este es el origen de la frase “Dios no existe”, que Rivera pintó en el mural.

Tres palabras agitaron los ánimos de los creyentes católicos. En 1948 el arzobispo Luis María Martínez se negó a bendecir en hotel en la inauguración mientras subsistiera la frase en el mural, y un grupo de estudiantes conservadores de la Facultad de Ingeniera ingresaron a las instalaciones para raspar la polémica frase.

 Esa misma noche se celebró una cena en el restaurante Versailles en la que asistieron diversas personalidades, como David Alfaro Siqueiros, Clemente Orozco, el Dr. Atl y también Diego Rivera, quien aprovechó para restaurar la leyenda con un lápiz humedecido.

Poco después el mural fue dañado por segunda vez por otro grupo de jóvenes.

Las declaraciones de Diego Rivera para la prensa coinciden con las de Chuls, ambos defienden su libertad de expresión y aclaran que su intención no es ofender a los creyentes, sino cuestionar la religión en la que fueron criados. En palabras del muralista para el periódico El Universal: “Así como los que no somos católicos no tenemos porqué ofendernos por los que los son expongan sus opiniones en libros sagrados, templos, oraciones, estampas de propaganda y hasta en los altares improvisados en los camiones: es su derecho como el nuestro”.

Los opositores de Rivera denostaron su obra, para ellos era un artista mediocre que sólo buscaba hacerse propaganda por medio de la polémica. ¿Dónde más hemos escuchado eso? Ah sí, a esas personas que denigran el movimiento feminista diciendo que hacen canciones ridículas y montan un circo para llamar la atención con el fin de obtener beneficios políticos y económicos.

En la sección Pi-cosas de El Universal, el 5 de junio de 1948 el Ing. Civ. Carlos Beckmann G.  reconoció que los estudiantes cometieron un delito al dañar la propiedad privada, pero justifica sus acciones porque: “no fueron los alumnos los que ejecutaron ese acto, fue el pueblo mismo el que trató de hacerse justicia. Aunque el acto en sí es reprobable, se mira con simpatía al conocer su fin.

Diego Rivera ofende a todo el pueblo mexicano, que casi en su totalidad es católico”.

Como pueden darse cuenta los jóvenes no son tratados como vándalos sino como defensores de la fe que no tuvieron más remedio que ensuciarse las manos. La palabra vándalo se utiliza a conveniencia contra los que ofenden la ideología o el estilo de vida de un grupo contrario. Para la sociedad católica de los cuarenta, Rivera era el vándalo, el hereje; para los defensores de monumentos, las feministas son las vándalas; y para las feministas, el vándalo es el sujeto que intervino la escultura de Chuls; los que quieren cosas “bonitas” en su ciudad, Zombra es el vándalo por arruinar el mural de Sarah Andersen.

Volviendo con Carlos Beckmann, sostuvo que: “tan culpables son unos como otros y, por consiguiente, si se castiga a los estudiantes, las misma pena correspondería al pintorcito…”. Según su lógica, la violencia que ejercieron los jóvenes contra el mural fue la respuesta de la violencia que ejerció Diego Rivera contra la religión católica.

Entonces la violencia es como un globo de agua que cae en un lugar y salpica más lejos.

Es decir, un acto violento despierta la indignación de aquellos que ven ofendidos sus principios. Al mismo tiempo la gente tiene formas distintas de juzgar la violencia. Escribir “Dios no existe” no hará explotar las iglesias, esculpir una virgen que simula un aborto no va a provocar una muerte masiva de niños, pero hubo personas que decidieron sentirse violentados por una cuestión ideológica. Son agresiones muy subjetivas, por eso no se pueden juzgar tan fácil como un robo o un asesinato, que, por ser acciones directas, nadie duda en calificarlas como actos violentos.

¿Los grupos conservadores, llámense Pro vida o Pro familia, tienen el derecho de manifestar su inconformidad con la misma violencia con la que lo hacen los grupos de izquierda, como las feministas? Su libertad de expresión les permite hacerlo, pero entonces ya no podrían exigirles a las feministas otras maneras. Tratándose de legitimidad hay que preguntarnos quienes están luchando por la libertad que por años les ha sido negada, y defienden los derechos de los oprimidos. Así podremos separarlos de aquellos que pelean como cómplices de los poderosos, ya sea por ignorancia o para obtener privilegios.

Parece una guerra de ideologías, cada grupo tiene intereses distintos, cada uno dice que su causa es justa (o la única justa) y defienden su concepto de justicia. Así de difícil es hablar sobre el arte callejero y las protestas porque muchos derechos se ven confrontados. Lo que puedo concluir es que existe el grafiti porque existe el malestar en la sociedad, porque algunas personas encontraron en una pared el medio para ser vistos. Así mismo, las pintas que dejan tras de sí las protestas son la evidencia de las faltas del gobierno y denuncian también nuestras fallas como sociedad.

¡Este tema aún no se agota! En la próxima hablaré del uso de la violencia en las manifestaciones.

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