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Lectura, tiempos de pandemia y resiliencia

Antonio Reyes Carrasco
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¿Quién iba a imaginar un confinamiento y que viviríamos algo que sólo hemos visto en películas o pudimos leer en novelas acerca de un futuro distópico? Que debido a una pandemia tendríamos que leer en línea, llevaríamos talleres virtuales, conviviríamos a través de pantallas con nuestros seres queridos, que las niñas y niños recibirían clases en una plataforma virtual. Que no podríamos ir a librerías ni a bibliotecas y que tendríamos que leer desde issuu, con ayuda de un dispositivo kindle, en pdf o en línea (y bueno, muchos ya lo hacíamos pero también son muchos todavía quienes no recurren a ello, ya sea por miedo, nula experiencia o por falta de los recursos tecnológicos necesarios).

Algunas personas dirán que hay que ver el lado bueno a las situaciones negativas. Por ejemplo, pensando en la niñez, podríamos decir que es una oportunidad maravillosa para leer en el hogar, es tiempo de, ¡ahora sí!, desempolvar los libros infantiles que hay en el librero y ponerse a leer en familia algún buen cuento de Roald Dahl o de María Baranda. Todo bien hasta acá, sólo habría que detenerse y plantearnos las siguientes preguntas: ¿Leen nuestras niñas y niños, leen estas nuevas generaciones? ¿Tenemos un hábito lector nosotros los adultos, leemos en familia? ¿Hay librero en casa, hay siquiera comics, historietas, libros álbum (es bien sabido las geniales herramientas que suelen ser este tipo de lecturas para acercar a alguien al hábito lector)?

Para quienes somos lectores compulsivos, escritores e inclusive mediadores de lectura, claro que la respuesta a las preguntas es que sí. Pero si contestamos basándonos en la familia mexicana promedio, conocemos también los evidentes resultados.

Y siempre he dicho que parte de la responsabilidad la tienen las instituciones educativas, por promover el hábito de la lectura como algo aburrido, algo impuesto, y no simplemente por lo que es en sí: diversión, esparcimiento, aventura. El conocimiento y lo pedagógico vendrá de manera inherente, a posteriori.

Dicen los que saben (ay ajá) que la juventud de ahora no lee, que la niñez no lee, y aseveran además que esto es debido en gran medida por la proliferación de las llamadas black mirrors (pantallas negras) como las de un celular, una lap, una tablet y, obviamente, la tv. Y lo dijeron muchos años antes de este encierro. Pero si lo analizamos bien, sí leen, de manera virtual pero leen, leen posts y memes en facebook, leen blogs, lo que se escribe en Instagram, siguen hilos de historias en Twitter, leen en Tumblr, ¿y acaso las imágenes no se leen? Daniel Cassany aborda más al respecto en su libro En_línea, leer y escribir en la red. Para acabar pronto: sí leen.

Ahora bien, que si lo que leen es de calidad o no, que eso no es literatura, eso es otra cosa, digna de otro tipo de estudio o ensayo, recordemos que quienes somos mediadores no podemos nunca decir a un futuro lector que lo que está leyendo no es lo indicado, no podemos juzgar, sólo mediamos para acercar a los libros, las historias, los cuentos, la poesía. Mediamos para que la experiencia lectora sea totalmente lúdica, por puro placer. Mediamos para que, si se dan los casos, puedan formarse futuros lectores autónomos con capacidad selectiva. Obvio que como mediadores podemos hacer una selección de libros que promuevan ciertos valores universales, libros que toquen temas necesarios para abordar con la niñez, pero en sí el proceso de evolución lectora es algo que la propia niña o niño va descubriendo en el camino.

La antropóloga y escritora francesa, Michèle Petit, en su discurso inaugural del Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura 2020 en su edición virtual, dijo:

“Desde que la pandemia y el confinamiento se instalaron no podía leer libros y aún menos libros de ficción. Yo no era la única […] casi todos leían pero no libros ni literatura, pasaban gran parte de su tiempo recluidos leyendo artículos en internet, escuchando noticias, devorando testimonios, todos relacionados con la pandemia, sin saber qué estaban buscando, leyendo lecturas fragmentarias en su mayor parte. Si bien muchos pudieron volver a leer literatura más tarde, hubo un fenómeno lo suficientemente sorprendente para detenerse en él e interrogarse sobre qué significa leer y lo que ello supone”. Es decir que ni quienes leemos bastante lo estábamos haciendo por este fenómeno que ella describe como “un estado de sideración”.

Si releemos bien, ella dijo que no se leían obras literarias y sobre todo las de ficción, pero sí se leían otras cosas, artículos, ensayos, noticias. Petit se basó en indagaciones que hizo con sus propios amigos editores, escritores y mediadores de lecturas de todo el mundo. Pero a todo esto, haya pandemia o no, ¿por qué, para qué leer entonces? Y si vamos más allá: ¿por qué, para qué promover el hábito de la lectura? ¿Para qué narrar, leer poemas, para qué contar?

Michèle Petit (una vez más, por supuesto) escribe al respecto, en su libro Lecturas: del espacio íntimo al espacio público: “… la lectura puede ser, a cualquier edad, un recurso (…) para elaborar o mantener un espacio propio, un espacio íntimo, privado, incluso en los contextos donde no se entrevé ninguna posibilidad de disponer de un espacio personal. La lectura es una vía de acceso (…) hacia ese territorio de lo íntimo que ayuda a elaborar o sostener el sentimiento de la individualidad, al que se liga la posibilidad de resistir a las adversidades”.

Como el caso del escritor Louis Calaferte, hijo de inmigrantes italianos, quien a pesar de vivir en un ghetto, un barrio marginado de una ciudad francesa donde lo que imperaba era la violencia, un buen día conoce a un maestro que se interesaba por sus alumnos y en un paseo escolar le presta un libro, a partir de ahí tuvo esa necesidad compulsiva de leer:

“La lectura contribuía a suavizar esa ansiedad que había dentro de mí de no ser más que un fracasado. Los libros me daban confianza. Sentimiento bastante indefinible. Representaban una fuerza segura, un auxilio permanente”, escribió en un artículo para la publicación francesa Septentrion.

La lectura es importante para brindar al individuo esa fuerza interior que muchas veces se requiere para afrontar los problemas, para surfear la realidad, para sortear los entornos difíciles y caóticos. Por eso la importancia de promover este hábito (además de que no hay que olvidar que la lectura forma parte de los derechos culturales que tenemos): para brindar así alternativas de escape y resiliencia ante nuestra realidad. He ahí donde la labor de los mediadores debe existir, ya que recordemos que el proceso de resiliencia no se da en soledad, se necesita de alguien y de una comunidad (los compañeros de la misma sala de lectura, la familia, los amigos del barrio).

Jorge Barudy Labrin escribió al respecto: “Resiliencia designa la capacidad humana de superar traumas y heridas. No es una receta para la felicidad, sino una actitud vital positiva que estimula a reparar los daños sufridos […] Solo necesitan encontrar entornos interpersonales y sociales que les ayuden a conocer el valor terapéutico de la solidaridad y el amor, porque son reconocidos como afectados por experiencias injustas y degradantes. Porque la resiliencia difícilmente puede brotar en soledad. La confianza y solidaridad de otras personas es condición imprescindible para que cualquier persona herida por una experiencia traumática recupere la confianza en sí misma y en la condición humana.”

Y acá resulta otro acierto al recuperar la confianza, se entabla una relación con la otredad, el reconocimiento de diversas formas de pensar y ver la vida, de afrontar un problema, otras culturas diferentes a la nuestra, logrando así que nuestro pensamiento no sea cuadrado y basado en un solo modelo de actuar y sentir.

Fortalece la capacidad para el diálogo, la capacidad de conciliar, es decir, de construir un puente de comunicación que nos conduzca a una convivencia amena y armoniosa que promueva la paz. Recordemos que una cultura de paz aspira a dignificar al otro, la otra, el otre, y que en el reconocimiento de las diferencias está el sentido de pertenencia.

¿Por qué leer, por qué y para qué promover el hábito de la lectura? Ya sea en estos tiempos de pandemia o en un futuro próximo, el papel de las y los mediadores de lectura es y seguirá siendo fundamental para ser ese puente entre los lectores y el libro, un puente que conduzca a esas lecturas que promuevan valores necesarios, que conduzcan a esos libros con temas urgentes para abordar con la niñez y la juventud, es más, para hacerlo con personas de cualquier edad, para fortalecer procesos de resiliencia y promover la dialéctica del tú sin caer en el uso y la definición mainstream que se le ha dado (ahora cualquiera habla de ella como si fuera un recetario o un instructivo) al explotar la resiliencia como una fórmula que se promueve en los libros de superación personal new wave. La lectura no es la panacea para la resolución de todos nuestros problemas, obviamente, no quiero romantizar al respecto, pero no cabe duda que sea un atisbo, un hilo de luz para ayudar a tejer el entramado social al que pertenecemos.

Comentario

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  • Completamente de acuerdo, hace falta un esfuerzo mayor de todos, por mi parte espero pronto ser un buen mediador de lectura después de tomar un taller que impartirá un camarada.

    Saludos Brother desde el lugar donde empieza La Patria!