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Lo mató con un libro de Thomas Pynchon

Antonio Reyes Carrasco
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—Lo mató con un libro de Thomas Pynchon.

    —…

    —El arma homicida, Contraluz de Pynchon, pasta dura, edición de colección.

    —…

    —Pynchon acostumbra a escribir libros de más de mil páginas, suelen ser muy pesados, jefe, observe el charco de sangre y la novela tirada en el suelo, vea su nariz rota, la cara desfigurada, le destrozó la nariz hasta que ya no pudo respirar y se ahogó con su propia sangre.

    —A ver, ven para acá un momento.

    — ¿Por qué nos alejamos de la escena del crimen, jefe?

    —Mira cabrón, si te permito entrar así, sin placa, algo que no debería hacer, es porque tú siempre tienes ideas certeras, das en el clavo, pero ya te he dicho que todo lo que se te ocurra me lo digas por lo bajito a mí, en el oído, a mí primero, para que sea yo quien diga esas cosas y yo quede bien. Recuerda quién es el jefe. Tú no estás acreditado como miembro de la policía ni nada por el estilo. Simplemente eres un investigador privado pero acá en Chiapas esa pendejada ni existe, creo que eres el único de tu especie. ¿Por qué no te dedicas mejor a otra cosa? Así que ya sabes, para la próxima me dices a mí primero las cosas que se te vengan a la cabeza, no andes por ahí soltando tus ideas a cualquiera, menos frente a mis hombres. ¿Está claro?

   —Ok.

    — ¿Quién es el jefe?

    —Usted, jefe.

    —Bueno, regresemos a ese desmadre.

    —La escena del crimen.

    —…

    —Nada, simplemente que se le puede llamar la escena del crimen.

    —Pues yo le digo como quiero, cabrón, además es un desmadre, mira nomás cómo está todo lleno de sangre y alborotado. Y para la otra por favor no traigas a tu pinche perro, ve a amarrarlo al árbol de afuera, ¿siempre lo tienes que traer contigo?

    —Watson me ayuda a veces a resolver los casos, jefe.

    — ¡Es un pinche perro, Alberto, un pinche perro!

    —Tiene razón, jefe, ahorita lo amarro allá afuera.

    —Lo mató con un libro de Tomás Pichón, camaradas, ese, que está ahí tirado. Es lo que puedo deducir por el momento —dijo el jefe de la policía, entrando de nuevo a la casa.

    El cuerpo yacía en medio de la sala, también habían algunos libros tirados alrededor, además del de Pynchon. Era una casa pequeña, con un solo cuarto, el baño, espacio para la cocina y la sala. En las paredes colgaban algunos cuadros con imágenes de
Piolín y mensajes de esos para levantar el ánimo: Hoy es un gran día: ¡Sal y disfrútalo!; Extiende tus alas cual águila que eres; Recuerda que eres un triunfador. Después de amarrar a su perro a un árbol, Alberto Mortero (Investigador Privado, llame al 9612781055, extrema discreción) inspeccionó el lugar donde se había cometido el asesinato. Descartó un enfrentamiento por robo a domicilio, no hacía falta nada de valor, la pantalla plana estaba ahí, el dvd, dinero y un IPhone en el cuarto. Además, no había señales de que se hubiera forzado la puerta para entrar. La víctima había dejado pasar a su asesino, quizá era un conocido. Alberto siempre era certero con sus deducciones.

    Nunca quiso ser policía.

De niño, cuando jugaban a los policías y ladrones con los amigos de la cuadra, elegía ser ladrón. Los villanos siempre se divierten más, decía. Nunca quiso ser policía y no lo era. Pero su relación con ellos era muy cercana. Se había convertido en una especie de consultor para ellos, cuando requerían de su ayuda. Por eso se separó de su esposa, por haber decidido convertirse en investigador privado. En realidad ella lo había dejado. Las cosas no habían salido bien en su matrimonio, no tenía un trabajo remunerado, no como el de ella, al menos. Con el tiempo, como en la mayoría de los matrimonios, el amor acabó (si es que eso existe, pensaba) los verdaderos yoes de cada uno salieron a la luz y se terminaron separando. Y la decisión de convertirse en investigador privado fue la gota que derramó el vaso. Aún recordaba la plática con su esposa cuando se lo dijo:

    — ¿Pero en qué cabeza cabe, Alberto? Eso no es un trabajo. Deja de perder el tiempo en estupideces. Primero querías ser escritor, ibas a escribir la graaaaan novela negra de todos los tiempos y ahora esta estupidez. No sé cómo pude haberme enamorado de ti.

    —Yo tampoco. Nunca he sido buen partido para nadie.

    — ¿Investigador privado en esta ciudad? Sabes que la justicia no existe acá, ni en ningún lugar en México, ¡en ningún pinche lado!, es decir que no tienes campo de trabajo, lo que quieres hacer es absurdo, ¡estás loco de remate!

    Ergo se separaron.

Nunca tuvieron hijos. Sólo compraron un perro de raza Schnauzer, de los grandes, el cual le había quedado a él y siempre lo llevaba a todos lados. En el colmo de la ironía, le había puesto por nombre Watson. Y a veces imaginaba que le hablaba. Es decir, cuando Watson ladraba o gruñía, Alberto imaginaba que le decía algo, para así poder contestarle: “elemental, mi querido Watson”. En realidad no resintió la separación con su pareja, al contario, tendría más espacio para él solo, para sus investigaciones, para llegar a cualquier hora sin ningún tipo de reclamo. Habían quedado en buenos términos y seguían siendo amigos, de hecho, como ella era psicóloga, la buscaba cuando necesitaba ayuda con ciertos perfiles en cuanto a la psique de una persona. Ya llevaba quizá un par de años soltero. A partir de ahí le fue difícil relacionarse con otras mujeres, inclusive con otras personas, no salía a reuniones, casi no tenía amigos, argumentaba no tener tiempo para relacionarse socialmente, se la pasaba leyendo, investigando, según él, a su manera, casos sin resolver de años pasados, de expedientes que la misma autoridad le facilitaba, feminicidios no resueltos, casos encarpetados, delitos que la misma justicia no resolvía por ineptitud, porque los implicados, los culpables, eran gente de dinero e influyentes, o simplemente porque lo que su ex esposa le había dicho era cierto: la justicia no le importa a quienes están a cargo de ella, la justicia siempre se vende al mejor postor, está de lado de los que tienen más dinero.

“No hallarás nada ahí”, le decían,

“y si lo hay, son casos ya cerrados, acá no estamos en el gabacho como para darnos el lujo de reabrirlos, no somos como esas series gringas donde todo se resuelve bien con un final feliz”. A veces ayudaba a la policía, a veces era contratado por alguna esposa o marido celoso, para descubrir a la pareja en alguna infidelidad, para rescatar perros extraviados, casos sin importancia pero que se veía forzado a hacer por el dinero, para poder tener algo de dinero y sobrevivir.

    —En esta zona asaltan mucho, jefecito Bruno —dijo uno de los oficiales.

    —Esto no se trata de un simple asalto —comentó Alberto, acariciando su camisa, como sacudiendo polvo o cenizas inexistentes de algún cigarro invisible—. Alguien conocido mató a este hombre, alguien de mucha confianza pues además de dejarlo pasar, él mismo le sirvió café, el cual, si podemos ver, no bebió, ni siquiera tocó la taza. ¿Observan que hay dos tazas sobre la mesa? Una casi vacía y la otra completamente llena. Además tenemos el hecho curioso del objeto que se usó para matarlo, todavía no sé por qué pero significa algo importante. Esto se trata de una visita donde el asesino era de confianza y ya sabía a lo que venía.

    Alberto se quedó callado unos segundos mientras observaba el libro. Se percató de que el título, Contraluz, estaba encerrado en un círculo con marcador de color rojo. Pidió unos guantes, lo levantó del charco de sangre y comenzó a pasar las hojas frente a él. Un pedazo de papel salió volando y casi cayó al suelo pero Alberto lo agarró rápidamente en el aire.

    — ¿Qué es eso? —preguntó el jefe.

    —Un simple papelito en blanco —contestó otro policía.

    Alberto observaba inquisitivo el pedazo de papel, en efecto, en blanco. Después volvió a mirar la portada. El rostro se le iluminó como cuando alguien descubre la palabra indicada en una sopa de letras o para un crucigrama. Fue hacia un escritorio, en la esquina de la sala y encendió la lámpara de mesa, la cual tenía una bombilla de luz negra, puso el papel a contraluz y como por arte de magia apareció algo.

    — ¡Ora loco! —dijeron los policías, al unísono.

    — ¿Qué dice? —preguntó el jefe Bruno

    —P.88

    —…

    —…

    Alberto los observó unos segundos, antes de contestar a los signos de interrogación en sus rostros.

    —El asesino ha dejado un mensaje con tinta invisible, tal vez hecha con jugo de limón o vinagre, con lo que se puede hacer tinta invisible de manera casera y natural y sólo es visible con luz negra, como la de la bombilla en esta lámpara, la cual, intuyo, el mismo asesino colocó previamente. P.88 significa página 88, ¿de qué libro?, obviamente de este que tenemos acá, nada más y nada menos que del controversial escritor, Thomas Pynchon.

    Abrió el libro en la página indicada y descubrió que algunas líneas estaban subrayadas.

Leyó:

Tras estudiar todos los posibles compuestos de plata, Merle pasó a las sales de oro, el platino, el cobre, el níquel, el uranio, el molibdeno y el antimonio, al poco abandonó las combinaciones metálicas por las resinas, los insectos aplastados, los tintes de alquitrán mineral, el humo de puros, los extractos de flores silvestres, orina de varias criaturas, incluido él mismo, y reinvertía el poco dinero que ganaba con los retratos en lentes, filtros, placas de cristal, ampliadoras, de manera que la carreta no tardó en convertirse en un laboratorio fotográfico rodante. Captaba imágenes de cuanto se le ponía al alcance, sin preocuparle el qué ni molestarse en enfocar: calles atestadas de gente, laderas de colinas iluminadas por nubes donde nada parecía moverse, vacas pastando que no le hacían el menor caso, ardillas enloquecidas que se molestaban en acercarse a la lente y hacían muecas, gente de picnic en Rocky River, carretillas abandonadas, tensores de alambre de espino oxidándose bajo el cielo, relojes en paredes, fogones en cocinas, farolas encendidas y apagadas, policías que corrían hacia él blandiendo porras, chicas cogidas del brazo mirando escaparates durante las horas del almuerzo o paseando después del trabajo bajo la brisa junto al lago, pequeños vehículos eléctricos, cisternas de lavabos, dínamos de tranvías de 1200 voltios y otras maravillas de la edad moderna –el nuevo viaducto en construcción, juerguistas de fin de semana en el embalse ̶ , y, casi sin darse cuenta, habían pasado el invierno y la primavera y él se había independizado e intentaba ganarse la vida como fotógrafo ambulante, a veces desplazándose en la carreta, otras ligero de equipaje, con una cámara de mano y una docena de placas, viajando en los interurbanos, de Sandusky a Ashtabula, de Brooklyn a Kuyahoga Falls y Akron, jugando, en consecuencia, un montón de veces al euchre en el tren y sacando un pequeño beneficio de cada viaje.

    —Policías babeando porras, jejeje —exclamó carcajeándose, estúpidamente, uno de los estúpidos policías.

    — ¿Y eso qué chingados significa? —preguntó el jefe.

    —No lo sé. Aún no lo sé –contestó Alberto. Y no lo sabía. Lo que sí sabía era que aquel caso debería de investigarse a fondo, que el mismo asesino había dejado ese tipo de pistas detalladas por alguna razón más, no simplemente para que lo atraparan, si es que lo atrapaban, es decir, eso demostraba que se estaba ante una persona que pensaba y actuaba de manera peculiar, que no era el típico asesino que lo hacía aisladamente, por su mente pasaban escenas leídas en varias novelas negras, en varias historias que recordaba de manera distorsionada; lo que sabía era que ese caso podría ser el que le ayudaría a impulsar su… ¿carrera?.

    Afuera se escucharon los ladridos de varios perros, aullando a la sirena de una ambulancia que sonó de repente. Watson también ladró. En algún lugar más allá de la colonia se escuchaba un grupo musical tocando la famosa pieza La culebra, tan pedida en las fiestas.

El muerto al pozo y el vivo al gozo, pensó Alberto.

Quizá al asesino le apasiona la fotografía, quizá el asesino sabe de literatura, quizá la víctima y el asesino sabían ambos de literatura, hay bastantes libros regados y también en el librero, entraron en una discusión acerca de lo complicado que es leer a Pynchon, de lo extensas que son sus novelas, quizá a la víctima no le gustaba tanto y al asesino sí, se ha sabido de lo sensibles que suelen ser ciertos psicópatas cuando juzgan sus gustos literarios, quizá el que haya elegido a Pynchon significa que será muy difícil dar con él, ya que hasta la fecha, a pesar de la fama de este escritor, no se conoce su rostro, no va a ningún tipo de evento social, inclusive cuando ganó el National Book Award mandó a un payaso a recoger el premio, quizá…

   —Bueno, bueno, sea lo que sea, acá lo que sucedió fue un simple asalto —dijo el jefe Bruno, interrumpiendo sus cavilaciones—. Alguien entró a robar, el tipo se defendió y al no encontrar algo más pesado que ese pinche libro de… de… —se quedó viendo inquisitivo a Alberto.

    —Pynchon, Thomas Pynchon.

    —Ese pendejo, Pichón… es como dijo el Carroñas, uno de mis mejores muchachos, jejeje, acá en esta colonia roban mucho, mucha delincuencia, así que así será el reporte y todo, ¿estamos de acuerdo, muchachos?

    — ¡De acuerdo, jefe Bruno!  —gritaron todos los policías al unísono.

    —Y vayan haciendo rápido el trabajo, que luego vienen los metiches de la prensa, ya saben cómo son. Y bueno, cuando acaben me buscan en el salón de fiestas que está acá a la vuelta, iré a ver si puedo colarme al festejo y chingarme unas chelas, ahorita está sonando La culebra y es una de mis rolas favoritas para menear el bote.

    —Pero jefe Bruno…  —dijo Alberto.

    —Pero nada, cabrón, vámonos, estás estorbando en el acto del crimen.

    —Escena, se dice escena del crimen, jefe.

    —… 

    —Ok, lo siento, no dije nada.

    Alberto ya había sido sacado a empujones de la casa por uno de los policías. El jefe Bruno ya se iba en su camioneta a la fiesta. Antes de arrancar invitó a Alberto a subirse, le dijo si no quería ir con él al festejo, “la música se está poniendo buena, mira, ya suena una de Banda Machos, puro exitazo toca ese pinche grupo”.

    —No gracias, jefe, tengo que regresar a casa a trabajar en el caso de un feminicidio no resuelto.

    —Oh qué la chingada, los feminicidios no existen, ya te he dicho, no está tipificado en la ley el concepto de feminicidio, esa es una palabra que inventaron esas feminazis… pero tú qué vas a saber de leyes, pinche ignorante, deja de usar ese lenguaje que sólo sirve para escandalizar a la gente, para violentar a la justicia —dicho esto, el jefe Bruno arranco su camioneta y se fue.

    Mientras desamarraba a su perro, pensaba en la evidente ignorancia de aquel sujeto, que era el fiel ejemplo de la mayoría de los jefes de policía de todo el país, por creer que la palabra (y el acto en sí) feminicidio no existía pero feminazi sí; su fiel amigo emitió 5 ladridos, diciéndole:

    —La justicia es una mierda.

    —Elemental, mi querido Watson. 

2 Comments

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  • “Lo mató con un libro de Tomás Pichón” – jajaja muy divertida la adaptación Reyes-Carrasquista de un Sherlok que por la ex LADA del número telefónico me aventuro a decir que es Tuxtleco.

    Tendré que leerme Contralúz igual y en el resto de las más de mil páginas encuentro pistas del asesino.

    Considerarías a Thomas Pynchon un autor de “culto”?

    Saludos y Bendiciones desde TJ!

    • Jejeje, nada alejado de la realidad en cuanto a la resolución de crímenes y la aplicación de la justicia en Chiapas y el resto del país. Creo que comenzó siendo de culto ya que muy poca gente lo conocía, es decir, sus obras, pero el día de hoy, a pesar de que nadie (o muy pocos) conocen su identidad, ya es un fenómeno masificado a gran escala, hay hasta una película basada en su libro Vicio Inherente, que se llama igual (búscala, ¡está genial!, tanto el libro como la peli). Pynchon inclusive ha salido en varios capítulos de Los Simpson, con una bolsa de papel cubriendo su cara, jejeje.

      Nota: sí, es la lada tuxtleca, efectivamente, y es mi verdadero número, además, jejeje. Saludos desde Tuxtlayorks.