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Historias de vida

Mujeres en México

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Mujeres en México. Hace unos días veía en la televisión una breve parte de una entrevista al actor cinematográfico Michael Caine, en la que el entrevistador le preguntaba cómo se sentía por haberse hecho viejo y el actor contestó: Considerando la alternativa, muy bien.

Robo este comentario del famoso señor Caine, dado que en el mes de octubre del año pasado cumplí setenta años, o sea, que aplica.

A mi edad, nos levantamos al baño por lo menos un par de veces cada noche y al regresar a mi cama, que es de tamaño matrimonial, casi siempre siento alguna parte del cuerpo de mi mujer, usualmente un codo o una rodilla, lo que me da una inmensa tranquilidad y el sentimiento de que mi vida tiene un propósito.

Tengo además dos hijas y sin alguna de estas tres mujeres, no sabría respirar.

Como todos, tuve Madre y aun cuando no era yo su consentido por ser la oveja negra de la familia, título que me gané a pulso con una gran cantidad de fechorías, creo que se divertía más conmigo que con mis hermanos.

Ella era niñera, parlanchina y alegre, en contraste a mi Padre, que era más bien callado y reservado, por lo que fue con ella con quién tuvimos una gran cantidad de pláticas sobre la vida y de los temas más variados.

Una de las frases que ella más usaba y que yo recuerdo bien era: “A las mujeres no se les toca ni con el pétalo de una rosa”, para subrayar la caballerosidad que debe distinguir a todo hombre.

Mis hermanos, mi hermana y yo tuvimos la suerte de contar con dos madres, pues también teníamos a nuestra Nana de nombre Aurora, que ya estaba en la casa desde antes de que yo naciera y que se quedó con mi Madre hasta que desafortunadamente falleció cuando yo ya tenía más de treinta años de edad.

Recuerdo bien como sufría con mis múltiples travesuras y no porque me quisiera corregir, sino porque sabía que me iba yo a meter en problemas con mi Padre, que había sido militar y que era muy estricto.

Cuando yo ya no vivía en la casa de mis padres, iba con frecuencia a comidas familiares y la primera persona que yo veía era ella, a la que abrazaba, cargaba y besaba con efusividad.

Los dos reíamos y disfrutábamos inmensamente esos momentos.

Nunca le hablé por su nombre, pues para mí siempre fue mi Nana.  

A mí me tocó identificar el cuerpo que salía del hospital para ir al panteón, lo que fue uno de los momentos más dolorosos de mi vida y todavía la recuerdo con un inmenso amor.

Podría yo escribir páginas y páginas de anécdotas sobre mujeres que han sido muy importantes en mi vida, mis hermanas, algunas primas, amigas, etc. Seguramente a varias de ellas las he lastimado en algún momento por la torpeza que muchas veces tenemos al hablar o actuar, pero no podría concebir el insultarlas directamente y mucho menos agredirlas físicamente.

Hace casi cincuenta años, varias veces por semana, practicaba yo la halterofilia (levantamiento de pesas) en la ciudad de Puebla.

Entre los compañeros había uno de nombre Andrés Xicotencatl al que apodaban “El Tractor”.

Era él un hombre fuerte, de no más de un metro con setenta centímetros de estatura y con ciento veinte y cinco kilos de peso corporal; de tez muy morena, que por sus facciones, debe haber tenido ancestros indígenas, así como afroamericanos.

Un individuo que vivía en una vecindad, que había sido brasero en Estados Unidos y que tenía como medio de vida, un espacio en un mercado local, en el que vendía tomates, frascos y botellas usadas y libros y revistas viejas.

Era sin embargo, un hombre con un amor inmenso hacía la cultura y no había revista o libro que él vendiera, que él no hubiera leído con anterioridad.

Debo además decir, que era todo un caballero en su trato con la gente y particularmente con las damas.

Tanto él como yo habíamos notado que los otros compañeros no compartían ese mismo respeto hacía el sexo opuesto, que muchas veces se referían a ellas con palabras duras y soeces y hasta presumían las faltas de respeto en la calle; por lo que Andrés y un servidor decidimos hablar con ellos sobre el tema, sintiendo que pondríamos nuestro granito de arena en corregir ese comportamiento, lo que no siento que estuviera equivocado.

Usamos todo tipo de argumentos para hacerles ver lo corriente y lo cobarde que es un comportamiento de esa especie, pero no podíamos llegar a ninguna parte.

Nosotros decíamos que no solo no deberíamos actuar así, sino que por el contrario, tenemos la obligación de ser un protector de cualquier mujer que se encuentre en peligro y aun en una situación incómoda.

Cuando sentíamos que ya habíamos agotado todos los posibles razonamientos, en nuestra desesperación, recurrimos al peor de todos: “Esa mujer a la que tu insultas o manoseas en la calle, pudiera ser hermana, hija, madre o esposa de alguien” “¿Qué sentirías si fueras tú ese alguien?”. Solo entonces hubo un cambio en la actitud de los compañeros.

Tristemente solo le dieron valor a una mujer por su relación con un hombre.

Al retirarnos, Andrés y yo nos dimos un abrazo y él me dijo que algo habían entendido, que algún progreso se había logrado, seguramente con el objetivo de darme ánimos.

Como dije arriba, han pasado casi cincuenta años desde aquellos días y la pregunta es: ¿Hemos progresado algo en este aspecto? O quizás, hemos ido hacía atrás.

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