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Obscuros económicos del cambio que no llega

Más allá del smog, la estridencia y las preocupaciones de la inmensa megalópolis del valle de México, el país late y vive el día a día, con sus propias y regionales problemáticas. En el común denominador en que todos coincidimos es en la resolución de 2 temas de resolución infinita: Seguridad y economía.

La primera es un galimatías impresionante. Tema para muchas reflexiones, análisis y visiones. La segunda es un DNA de dolor con el que decenas de cientos de generaciones de este sufrido país hemos lidiado durante toda nuestra vida. El que esto escribe llega a la edad dorada de las 50 vueltas del mundo al sol, nunca, pero nunca en mi vida he conocido, en términos de economía, una expresión que no se acerque, sea o se parezca a “crisis”.

Hoy, tras la transición política del 2018, por vez primera con un gobierno teóricamente de izquierdas, una vez más la vida cotidiana y el horizonte inmediato es de un obscuro matiz, donde la incertidumbre crece y el miedo se placea de puerta en puerta.

Dejémonos de analogías y metáforas. El hoy de la vía pública, del mercado y el súper, de la estación de combustible y la cola de las tortillas, es la ola de despidos de trabajadores de gobierno, es la falta de dinero para contratar y pagar servicios por parte de dependencias públicas, la falta de gasolina para mover una patrulla o una ambulancia, es el cierre de guarderías donde mamás y papás trabajadores podían dejar a sus hijos a módicas cuotas para ir a trabajar… Es en suma, un efecto impensable y no deseado de un cambio que se prometió con expectativas diferentes.

Es verdad que la sociedad toda estaba agotada y exhausta de un sistema podrido de ineficiencia, dolo y abuso que se acrecentó especialmente en los últimos 10 años, más aún diríamos, un sistema gestado en los años 30 del siglo XX y que, camaleónico y oxidado, llegaba a trastumbos a la segunda década del siglo XXI… Una antítesis machacante de los últimos 18 años asesto un golpe más que severo en el verano del año próximo pasado con una oferta luminosa, atrayente y esperanzadora, un cambio, una salida, otra realidad…

No es esta colaboración una suma más a la aullante escenografía de dolientes del sistema caído, el problema de estos tiempos es el sentido de “totalización”: O estás conmigo o estás contra mí… y no podemos estar en una tercera sintonía los que queremos estar. Pero no podemos callar y mirar para otro lado, cuando la terca realidad nos bota todos los días de la cama con una patada en el trasero…la economía personal no siente las caricias prometidas por las ilusionadas urnas.

Es verdad que son apenas 6 meses de la actual administración pública federal, poco tiempo quizá, para ver cambios, pero mucho tiempo es como para no horrorizarse por la falta de profundidad de muchas decisiones tomadas, una buena intención no se fundamenta en el hueco vacío de la ausencia de un plan…o el “poderoso” respaldo de una pregunta a mano alzada de un grupúsculo de inocentes convocados a un mitin.

Son las formas, las formas las que asustan, como decía la sabiduría de los viejos: No es el resultado de la pizca, sino como pizcas… y eso, repito, espanta. Llegaron los justicieros y restauradores a lomos de legalidad para destrabar la puerta, no para tumbar la casa, y se siente lo segundo, un “quítate tú, porque ya llegué yo”, muy lejano a las decisiones y acciones que en su momento y tiempo emprendieron y aplicaron los tomadores de decisiones de las diferentes eras de México.

La más zarandeada de todo esto es “Doña Economía”, que es la matrona, cocinera y guardallaves de la casa y, si esto le pasa a la encargada de la casa, pues sufren los habitantes de la casa: La alacena cerrada (y semivacía), el recibo de la luz por vencerse, con poca agua en el tinaco, el auto castigado y el vecino enojado contigo, malo y lo que le sigue.

Percibimos muchos un cambio de membrete, no de camino. Un cambio de jinete con un caballo enfermo, un cambio que, es lo peor, no sabemos a donde nos lleva, porque cada mañana nos cuentan una historia distinta, el final es al gusto de cada oyente. Perdón, pero esta esquizofrenia publica no es para una sociedad llena de confusión.

¿Hay una posibilidad de iluminación en este panorama? Siempre hay. La esperanza es otro de los ingredientes del citado DNA nacional. La sociedad, dividida, multicultural y fastidiosamente heterogénea (para aquellos que quisieran verla de manera inversa) se mueve, participa, cobra conciencia. No da cheques en blanco y, cada vez, entiende que las soluciones a los problemas están en mucho en propia mano que, en la lejanía de las promesas, si alguien está haciendo algún calculo de un futurismo totalitario se puede llevar un tremendo chasco. Esta sociedad de hoy se mueve y no se estatizará.

Los especialistas en sus cotidianas columnas explican las variables económicas, inventadas y redescubiertas, de ese inexplicable mundo, a nosotros, parroquianos de a pie, nos toca iluminarnos con la discreta vela de nuestra esperanza personal para enfrentar estas obscuridades… insistir en ese cambio que no llega.

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