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Onironauta

Antonio Reyes Carrasco
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¡Tzzzzzzzzt! O ¡dizzzzzzzzt! O quizá ¡qszzzzzzzdt! ¿Cómo suenan en realidad las moscas al pulverizarse en la incandescente barra eléctrica contra insectos? Afuera se escucha una pelea de gatos. ¿O serán gatos copulando? Al final, creo, viene resultando ser lo mismo: una contienda, el simulacro de una contienda a muerte es el fornicar.

    Yo observo embelesado a la luna, grande y roja, como si fuera un sol extraño, detrás de los edificios, pintando de plateado rojizo mi desnudez escuálida e insolente tendida sobre la cama, pincelando el cuarto con cierta luz mortecina, luz del interior de una placenta, como la luz de la luna de una noche en algún lugar llamado Comala o Interzona o Sin City. Los ruidos de una ciudad consumiéndose en el abismo negro y sempiterno del tedio se oyen como si salieran de una grabadora vieja, condenada al rincón más oscuro de alguna casa al fondo de cualquier vecindad. La F y la E de un letrero están detrás de la ventana, pueden verse cuando las cortinas se alzan agitadas por el viento que entra. Más allá, la luna que sangra.

    ¡Tzzzzzzzzt! F y E: fe. Ironía improvisada cuando la fe es lo menos que se huele por aquí. El corazón me da justo en estos momentos un golpe arrítmico. Se escuchan jadeos en el cuarto de arriba, rechinidos de resortes y la cabecera de una cama dando topes secos en la pared, el bramido de un macho morsa, el pujido ahogado de una hembra de la misma especie y luego silencio: ¡dizzzzzzzzt!, el tipo se ha venido.

    Pensándolo mejor, no creo en realidad que mi estado sea el embelesamiento. Más bien, me siento cansado, abatido. No me puedo mover.

    ¡Qszzzzzzzdt, qszzzzzzzdt, qszzzzzzzdt!, zumbidos de moscas muriendo, huele a pellejo de pollo quemado por toda la habitación, se abre la puerta del baño, Lilith sale desnuda con el cabello mojado, escurriéndole agua por todo el cuerpo. Ah, sí: Lilith, así se llama. Recién hemos cogido. No recuerdo haberle dicho aún mi nombre. Pensar en moscas kamikazes, en gatos apareándose, en mamíferos obesos copulando mientras tengo aquí conmigo a esta mujer, es absurdo. ¿Por qué de pronto la he olvidado? Es más, ni recordaba su rostro. ¿Acaso siempre se muerde el labio inferior de esa manera, siempre camina con esa insensatez en su andar? De hecho recuerdo muy poco. Tengo la sensación de que todo lo he imaginado. Nunca he salido de aquí, de este momento, de este cuarto de hotel de paso, todo lo sucedido es invención mía.

    El viento entra cálido con cierto olor a pan tostado caduco, la cortina se agita encima de mí como una lengua lamiendo mi piel, como una navaja a punto de desollarme. Ella se recarga en el marco de la puerta y me mira desde lo más lejos de sus ojos, desde más allá de sus pupilas.

    De pronto difusas imágenes vienen a mi mente, en cada parpadeo, mientras ella me habla desde el marco iluminado.

Parpadeo y al abrir los ojos ella está más cerca, sus tetas húmedas, el agua le escurre entre las piernas, su boca se abre en cámara lenta, sus dientes brillan como perlas, como granos tiernos de maíz blanco, algo está diciendo pero ignoro lo que es, yo sólo presto atención a las imágenes sucediéndose en la oscuridad repentina de mis ojos.

    Parpadeo: me veo entrando al Hotel Morfeo, recuerdo vagamente el recorrido en el taxi a través de calles desconocidas o quizá tan habituales para mí y por eso no les doy importancia, no están ahí esas paredes con las pintas de las marchas, no sé en realidad si vi a unos niños limpiando el parabrisas del taxi, al taxista insultándolos, quizá el cielo se desangraba en una luz rojiza mientras anochecía, mientras me dirijo a mi destino.

    Parpadeo:

estoy con ella en una cafetería. ¿Quién es ella? Lilith. ¿Y quién es Lilith? Me veo leyendo un inbox, donde quedamos de vernos acá en este hotel, un inbox esperado ansiosamente; o quizá no. Parpadeo, ella habla, yo escucho o ella escucha mientras yo no hablo, parece como si toda mi vida fuera un estúpido sueño, una horrible pesadilla, le dije en una ocasión y ella me quedó viendo como si hubiera dicho palabras peligrosas, conceptos inverosímiles, como si de mi boca hubieran salido pájaros muertos… ¿y si fuera Martha, mi ex esposa? Tal vez nunca me divorcié y todo lo que ha sucedido es tan sólo una absurda fantasía sexual con alguna de las tantas mujeres que puede llegar a ser Martha. Toda persona dentro de sí es siempre otras personas. Pero no, no es mi ex esposa, es Lilith, y de pronto es todos los rostros de mis antiguas mujeres, los de mujeres desconocidas también, pero luego es Lilith otra vez y nos contamos los sueños que tuvimos una noche anterior y veo cómo toma más café que yo mientras fumamos y vemos morir la tarde.

    Parpadeo: la veo desnuda encima de mí, sus tetas temblando al compás de sus movimientos, esto ha sucedido hace unos minutos, el recuerdo que tengo es tan vago como los recuerdos de mi niñez; parpadeo, ella encima de mí y yo estoy amarrado o esposado a la cabecera metálica de la cama, de pronto recuerdo todas las veces que he soñado con ella, las ganas de sentirla, de este momento; parpadeo y en realidad siento que nunca la he visto, que nunca la he soñado, esta es la primera vez que nos vemos; parpadeo y ella encima de mí, haciéndolo como si sólo estuviera ella en el cuarto, como si yo fuera tan sólo un vibrador o un consolador o un cadáver esposado.

    Esposado. Eso explica por qué se me dificulta moverme. Tengo intempestivas ganas de salir del cuarto, escapar corriendo de aquí. ¿Escapar? ¿De qué, de quién? De pronto ya nada especial me une a ella, ya no esa sensación de liviandad. O será el hecho de que ahora sus ojos, la mirada que sale espesa de sus ojos, me da cierto temor.

    Se ha detenido al pie de la cama. Aprieta con sus fríos dedos el dedo gordo de mi pie izquierdo.

    -En realidad las esposas no eran necesarias, no necesitabas sujetarme a la cama.

    -No escuchaste lo que te pregunté- me dice.

    -Creo que me gustaría soltarme, necesito fumar un cigarro, beber un poco de agua- le digo mientras intento zafarme, las muñecas han comenzado a arderme, o ya me ardían y hasta ahora me he dado cuenta.

    -No, no has escuchado. Te has puesto a parpadear como todo un cobarde, como viejecito con tics nerviosos y no has escuchado nada de lo que dije- ahora suena enojada, determinante. Me siento como un holograma proyectado en una enorme manta blanca, esto no puede estarme pasando a mí, me digo. No es real.

    Ella sonríe como si hubiera escuchado mis pensamientos, sonríe pero su sonrisa no expresa ningún sentimiento, no es un gesto, es más bien el aleteo de un cuervo, una mancha fugaz en el aire, un objeto barrido en una fotografía. Todo se ha detenido, sólo se oye afuera la salvaje respiración de una bestia enorme: la ciudad a media noche.

    -¡Suéltame!- grito. De pronto estoy desesperado.

    Se acerca a una silla donde cuelga su bolso. Extrae algo negro, brillante, al principio no logro distinguir qué es. Regresa al pie de la cama, me apunta con un revolver.

    -En serio, suéltame, dame las llaves de esta chingadera.

    -¿Es lo que tanto querías?- me apunta y no tiembla, ni ella ni su mano tiemblan.

    -Suéltame, esto ya no me está gustando.

    -Lo dices como si hablaras de algún crimen, de algo muy malo y aquí aún no ha ocurrido ninguna de las dos cosas.

    Jala el gatillo lentamente. Sus pezones erectos, su ombligo, su vagina, su clítoris, toda ella me apunta.

    -No juegues, ya estuvo bien, ¡suéltame!- le grito.

    -¿Es lo que tanto querías? Coger y ya. Para colmo una mala cogida. ¿Por esto me buscabas? ¿Para esto me perseguías en los sueños? Ahora tengo que matarte. Coger y ya. Y qué poca creatividad, me has cogido sin imaginación, como dogmatizado, como si lo hicieras con instructivo en mano. Ahora tengo que matarte, tienes que irte, ya no quiero volver a verte, no perteneces aquí. No perteneces a mí.

    -Estás loca… cálmate, escucha, tengo mucho dinero, puedo pagarte más de lo que te ofrecieron, ¿quién ha sido?, te doy el doble, no sabes quién soy, no me conoces, tengo mucho dinero, no sabes nada de mí- le digo en un arrebato de temor y recordando repentinamente quién soy. ¿Quién soy en realidad?

    -Sé lo que sueñas.

    Parpadeo, me veo en un escritorio, en mi escritorio, en mi oficina, estoy en mi empresa, soy dueño de… y de pronto no soy ese que está ahí sentado, me desconozco, no soy él, ahora soy un drogadicto sentado y vomitando en una banqueta, parpadeo y soy un papá cargando a su hija en una azotea, parpadeo y soy un ente fantasmagórico que hojea y hojea libros sin cesar. Estoy despierto sin estarlo, cerca de un ventanal que no existe, en un lugar que no es el mío, viendo una ciudad que no es mi ciudad, respirando un aire que no me pertenece.

    -¿Qué has dicho? Repite lo último que has dicho- le digo.

    -Sé lo que sueñas.

    -Eso es, cabrona, esto es un pinche sueño, todo ha sido un maldito sueño, mátame, sólo tengo que esperar a despertarme. ¡Mátame!

    Cierro los ojos, espero el sonido, espero sentir la bala cruzando mi cerebro, destrozando todas las  imágenes mentales, los recuerdos guardados. Las tardes de mi niñez en la playa, la primera vez con mi ex esposa, el día que vi por primera vez un eclipse, el cometa Halley, ciertas películas, ciertas tardes, ciertos viajes. De pronto esos recuerdos se tornan tan lejanos, tan irreales como lo que me sucede ahora. Espero el disparo y luego despertar.

    -Pero qué pendejo. ¿Quién te dijo que tú eras el que estaba soñando?- su voz, ahora sí, suena completamente desquiciada.

    Y desde la oscuridad escucho la detonación.

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