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Solo hablaba de cómo pasear a los perros

Frío pámpanos con tiras de cebolla en aceite de oliva. Les echo otro poco de sal. Diez granos más de pimienta negra. Pruebo. Bajo la flama. No quiero quemar la cebolla. Muerdo un trozo de ajo. Meto el vino al hielo. Ajusto el reloj para que suene en una hora y voy al cuarto: el vestido rojo tendido en la cama sin una sola arruga, las zapatillas negras de aguja relucientes. Sobre el tocador, tu perfume favorito. Era la noche de tu regreso y no sabía qué hacer con tanta emoción porque para ese entonces ya solo hablaba de cómo pasear a los perros.https://laredaccion.com.mx/pez-dorado/

            Por la mañana salí a pasear a los perros, Lucas y Pánico. Se cruzaban de un lado a otro y me hicieron caer al suelo, como había sucedido al menos un día por semana desde tu partida. Aunque aquella vez no me quejé a gritos de ellos. Me puse de pie aprisa y sacudí mis nalgas y seguí hasta la casa. Es que Elsa me había dado la noticia de tu llegada. Después de tanto tiempo volvías.

            A la carta que enviaste cinco años atrás no la pude leer en un principio, mucho menos pude con las fotografías en el fondo del sobre.

Pasados unos días la tomé de nuevo y la leí y me fijé en las fotos: de tu nueva mujer. Elsa, escribiste en algún lugar de la carta. También escribiste lo mucho que me seguías queriendo, pero que te perdonara y que siendo sensatos las cosas ya no iban tan bien y sabíamos que tarde o temprano pasaría. Y por qué no decirlo cuando aún estabas aquí. Me calmé y me dije que llevabas así mucho tiempo. Guardándote cosas. Solo cambiabas de humor. Yo te pedía que me dijeras algo, y tú: cara larga: café a la boca y de regreso y luego te ibas a pasear a los perros. Y yo mientras excusándote, llorando, respondiéndome las preguntas porque tú ya te habías ido.

            Me seguías queriendo, y mucho, repetías y repetías en varias líneas de la carta.

Como si de algo sirviera al lado de las fotos donde tus manos acariciaban las de Elsa. No me consolaba nada. Casi podía sentir el roce de tu piel al ver las imágenes. Cuántas veces tus manos igual sobre las mías.

            Te marchaste con Aurelio a Madrid cuando fracasaron los negocios. El restaurante había quebrado y el despacho contable se quedó sin clientes. Y tú sin soportar la vida mediocre como le llamabas a la que nos hacíamos con mi sueldo de diseñadora de una empresa muy reciente. Y vendimos la casa de la herencia de mi madre y nada, otra mala inversión tuya y el dinero se fue al carajo. Pero yo te amaba, te amo, y aun bajo las advertencias de mi hermano puse el dinero en una cuenta a tu nombre, porque cuando estás como yo estaba solo escuchas una voz con fe ciega. Sin otra solución te fuiste para iniciar un negocio de un giro que desconoces. Aurelio pondría el capital. Debo hacerlo dijiste.

            Aquella noche de tu regreso dejé los pámpanos sobre la mesa porque estaríamos de vuelta pronto para comerlos juntos.

Comprobé el itinerario del vuelo y llegué puntual al aeropuerto con Pánico y Lucas. Esperábamos en el auto. No recibí ninguna llamada para advertirme de un retraso. Dejé los perros en el coche. Pregunté si había llegado el vuelo de Madrid y dijeron que hace veinte minutos. El único con destino a México ese día. Volví a casa. Antes de entrar caminé varias cuadras con los perros, necesitaba un poco de aire. Me hicieron caer de nuevo como es su costumbre, la segunda vez en el día, pero ahora no pude levantarme pronto. A una cuadra del departamento, Pánico estuvo a punto de morder a un niño. Crucé la puerta y llamé a Elsa. Me confirmó que saliste con tres horas de anticipo. Quedó en tenerme informada. Ni ella aún tenía noticias de ti. Guardé los pámpanos en el refrigerador y me bebí la botella de vino.

            Llamé a Elsa una semana después. No se había comunicado. Hablamos por horas. Me dijo que luego de días de salir la llevaste a conocer tu oficina. Le presumiste los muebles, el piso de madera y la vista de la ciudad desde tu privado. Que la llevaste a cenar a restaurantes lindos.

Y en alguna cita del quinto mes de verse le hablaste de mí y de cuánto ya la amabas.  

            Aurelio me ha visitado de vez en cuando. Hablamos de ti. Volvió de España cuando fracasó su proyecto. Por pedido tuyo no dijo nada por largo tiempo. Te mantuviste en contacto. Después vino tu ausencia y un día la carta con las fotos y luego aquella noche que el vestido se quedó sobre la cama, intocado, y las zapatillas y el perfume dulzón que llegaba a mi nariz, y los pámpanos metidos en el refrigerador.

            Esa mañana, después de pasear a los perros que se comportaban mejor y no me habían tirado al piso en varios días, recibí la llamada de Elsa. El corazón me brincaba. No sabía nada desde hace meses. Elsa apenas pudo decirme que habían declarado formalmente tu desaparición.

Mako Roldan

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