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Reflexión

Caen los viejos héroes

Caen los viejos héroes. Hay quienes afirman que los monumentos homenajean a los opresores, que representan el ego de los políticos, de los conquistadores. Son la visión de los victoriosos de la Historia oficial, por eso las protestas civiles les pasan por encima. Detrás de ellos hay mentiras y sucesos olvidados, pero también nuevos significados. 

En México se discute si un Porfirio Díaz o un Hernán Cortés merecen una estatua o una calle con su nombre. Más drástico fue lo que pasó hace dos años: se removieron las placas conmemorativas de las instalaciones del metro de la CDMX, con el fin de negarle la trascendencia al ex presidente Gustavo Díaz Ordaz (responsable de la masacre contra estudiantes el 2 de octubre de 1968). La principal crítica es que esta decisión vino de un funcionario público, no de un pueblo con consciencia histórica.

El caso de Estados Unidos es más complejo, pues los ciudadanos están cuestionando la reputación de los “héroes nacionales”. Las protestas motivadas por el asesinato de George Floyd han arrasado contra las figuras de Abraham Lincoln, George Washington y Thomas Jefferson, por mencionar algunos, porque los consideran símbolos del racismo. Incluso a Cristóbal Colón lo han tachado de asesino aunque no fuera él quién orquestó la conquista de los nativos americanos. La influencia del movimiento Black Lives Matter se extendió por el mundo, como en Inglaterra, donde se vandalizaron estatuas de personajes importantes como Winston Churchill y la reina Victoria para denunciar la colonización de siglos pasados.

Las estatuas no están ahí para que las adoremos sino para recordar nuestro pasado.

Borrar la existencia de personajes oscuros es negar la crudeza de la Historia, tan necesaria para comprender lo que somos, lo que no somos y lo que queremos ser. Los despreciables no se merecen el olvido, sino la indignación perpetua.

¿Destruir a los antiguos “ídolos” dejándose llevar a ciegas por las pasiones podría ser otro extremo de fanatismo? Estamos viendo una nueva generación de “buenas conciencias” que pretenden revisar cuanta representación histórica haya para decidir qué legados deben celebrarse o recordarse y cuáles no. Me suena a cuando la Liga de la Decencia le puso ropa a la Diana Cazadora en 1942. Pero ahora los nuevos conservadores son de izquierda. Al igual que la derecha del siglo XX, imponen la censura para moldear nuestro pensamiento. ¡Si no conocemos bien la Historia nos condenamos a vivir en un mudo al revés!

No se puede dulcificar el pasado convirtiéndolo en un cuento infantil, más bien tenemos que aprender de él y “estar preparados para imaginar un nuevo paisaje conmemorativo. Tal vez no serán estatuas, sino otras representaciones”, así lo dijo David Blight, profesor de Historia en la Universidad de Yale, para la BBC News.

Los personajes históricos tienen contradicciones como cualquier humano. La crítica debe analizar su legado teniendo en cuenta su lado oscuro, no para destrozarlos, sino para aprender, porque hasta de los “malos” se aprende.  Por su parte, el filósofo esloveno Slavoj Žižek declaró para el portal noticioso RT: “Derribar monumentos y renegar del pasado no es la forma de abordar el racismo y mostrar respeto a los negros. Sentirse culpable es ser condescendiente con las víctimas y no se logra mucho”. Para él, la violencia desatada en las manifestaciones se vuelve débil sin un “programa sociopolítico consistente”.

Regresando a México, durante las protestas se tomaron pasajes de la historia para respaldar las pintas y los actos violentos.

Por ejemplo, se han valido de la figura de “El Pípila” para justificar la quema de las puertas del Palacio Nacional. Aunque la existencia de este héroe es dudosa, simboliza a los mineros que participaron en la toma de la Alhóndiga de Granaditas el 28 de septiembre de 1810.

La Alhóndiga representaba la concentración del poder político y económico, ahí el Intendente Riaño reunió a la élite de la ciudad para protegerlos de los ataques de los Insurgentes. De nada sirvió, pues las 600 personas refugiadas, entre ellos soldados y españoles, no pudieron contra una turba de diez mil rebeldes. Fue una masacre motivada por el odio hacia la clase en el poder. 

El historiador Alfredo Ávila, en una entrevista para el portal Plumas Atómicas, destaca a un grupo de mujeres, esposas de los mineros, que intercedieron para evitar daños excesivos a la ciudad. Según Ávila, estas mujeres trabajaban para las familias ricas (incluso para los patrones de los rebeldes) con quienes mantenían un vínculo de amistad. Como pueden ver, es natural que un grupo de personas defiendan lo que es importante para ellos, incluso si el conflicto es por una causa noble.

Durante la toma de la Alhóndiga impero el descontrol y el saqueo. Ignacio Allende no pudo contener el desorden, por lo que, al día siguiente, se impuso pena de muerte contra los ladrones. Bueno, esa fue una medida extrema, pero no podemos negar que los vándalos auténticos se aprovechan de las movilizaciones para cometer delitos y merecen ser castigados, de lo contrario, pueden corromper una protesta legítima.

La figura de El Pípila es similar a la del carbonero que atacó la Bastilla, otro hecho histórico con el cual algunas personas han respaldado las manifestaciones feministas.

La Bastilla, un enorme castillo medieval ubicado en el centro de Paris, fue el símbolo del dominio feudal y del despotismo monárquico. También conocida como la prisión de las torturas y las muertes inexplicables, su existencia inspiraba terror al pueblo francés del siglo XVIII. El ataque fue considerado como el inicio de la Revolución Francesa.

Durante la toma de la Bastilla, los revolucionarios someten a los guardias de la prisión, captura a su director, De Launay, pero su rendición no era suficiente, la multitud lo arrastró por las calles, abucheándolo y golpeándolo. Al no soportar más el martirio suplica a sus captores “Déjenme morir”. La multitud accede a su petición, y tras apuñalarlo, le decapitan, y exhiben por las calles su cabeza clavada en una pica. Así comenzó un periodo violento conocido como el “Gran Terror”.

La Revolución Mexicana también se menciona continuamente cuando tiene lugar una protesta. A veces se romantizada como un símbolo de nacionalismo, olvidando los crímenes desatados durante este periodo. Las revoluciones han traído ciertas libertades para los pueblos, pero también desencadenaron una serie de atropellos a los derechos humanos. ¿Sabemos lo suficiente de historia para no repetir los mismos errores? Las transformaciones traen consigo una ola de caos, pero no todo caos resulta regenerador.

El gobierno federal se ufana de que esta “4ª Trasformación” se hizo por la vía pacífica, de hecho, cuando la ex residencia presidencial de “Los Pinos” se abrió al público, el historiador Lorenzo Meyer expresó: “Es como la toma de la Bastilla pero pacífica”.

Los Pinos no era un lugar lúgubre como aquel castillo medieval, pero albergó a gobernantes cuyos sexenios incrementaron la explotación desmedida del país.

Este es un buen ejemplo de cómo edificios y monumentos cambian de significado para la gente: lo que antes despertaba indignación por el lujo excesivo, ahora se ve con simpatía por albergar a los doctores que combaten al COVID-19. Y cómo olvidar la conmovedora fotografía del periodista José Ignacio De Alba, en la que aparece una familia indígena de Guerrero en las escaleras de la casa Miguel Alemán. Eran once personas, entre niños, adultos y hasta la abuela. Uno de los niños posa sus pies descalzos en el mismo suelo donde desfiló el calzado más fino.

En los primeros días de Los Pinos como complejo cultural fue visitado por miles de familias, estudiantes y hasta las quinceañeras fueron a tomarse fotos con sus vestidos de fiesta. De esta manera la gente se apropió de la residencia. Sin embargo, aquello sucedió por decisión del presidente Andrés Manuel López Obrador, no por iniciativa del pueblo. Aunque la victoria se obtuvo en las urnas, sólo votar es una medida pasiva.

Los monumentos despiertan el afecto de la gente por considéralos parte de su vida cotidiana y de su identidad. Como muestra está la conmoción mundial ante el incendio de la Catedral de Notre Dame aquel 15 de abril del 2019. Los parisinos horrorizados gritaron, lloraron, rezaron y, en un acto de consuelo patriótico, cantaron La Marsellesa y el Ave María. Fue doloroso como la muerte de un ser querido. No es para menos, pues edificios como estos se asocian a los momentos más especiales en la vida de cada individuo, cuando son dañados, los recuerdos emergen.

Los monumentos son una extensión de la identidad nacional, si caen, los ciudadanos sentirán que un pedazo de su país, de su ser, fuese mutilado.

No obstante, muchos usuarios de las redes sociales consideraron hipócrita dolerse por la catedral y no por los incendios en el Amazonas en agosto del año pasado, los cuales cobraron relevancia unos días después de originado el siniestro. ¿Acaso las feministas tienen razón cuando dicen que apreciamos más los monumentos (símbolos del poder patriarcal) que a la naturaleza (asociadas a la maternidad y a lo femenino) porque nos enseñaron a valorar la patria (y por ende al Estado) por encima de la vida?

Así como en Paris, en México, hay edificaciones que evocan la misma sensación de unidad y patriotismo, por ejemplo: el Ángel de la Independencia. Los citadinos se reúnen ahí por cualquier motivo: la victoria o derrota de la Selección mexicana de futbol, para las protestas, para celebrar una boda o como punto de encuentro con alguien especial. Es de esperarse que los daños provocados por las revueltas sociales despierten enfado en algunos y admiración en otros.  

En cambo, dudosa es la preocupación de ciertos miembros del gobierno por el patrimonio cultural, siendo que, en no pocas ocasiones, el Estado lo ha perjudicado para satisfacer intereses económicos o políticos. Como la alteración del Paseo de la Reforma a causa de la construcción de la Línea 7 del Metrobús. La administración del entonces jefe de gobierno Miguel Ángel Mancera desdeñó los reclamos de los capitalinos.

Nuestros antepasados nos han dejado un camino de horror y gloria, el mismo que los manifestantes hoy en día siguen labrando, ¿Cuál es nuestro papel en esta transformación? Un cambio social radical inevitablemente desata algún tipo de violencia, la pregunta es si la violencia que vemos ahora evidencia el fin del sistema de poder como lo conocemos, o si nos está haciendo caminar en círculos. Esa será el tema del próximo análisis

Lara

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