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Historias de vida

Santa Cruz

Siempre recuerdo, con nostalgia, la delegación Iztapalapa. La unidad habitacional Santa Cruz Meyehualco, me trae recuerdos de mi infancia. Mis abuelos tenían una casa grande en la calle Once,  número cincuenta.  Fue la primera propiedad en dónde viví.

La vivienda ocupa una esquina y en ella mi abuela renta locales.

La escuela donde cursé la primaria está enfrente, pasé las tardes jugando y haciendo tarea  en la tlapalería que era atendida por mis tías. Mi abuela siempre tenía una diligencia por hacer.

La colonia es famosa por el mercado de las chácharas; que inicio hace cincuenta y cinco años. En principio, los vecinos vendían muebles y artículos de casa que ya no usaban, y se conservaban en buen estado.

Poco a poco se hizo de fama y comenzaron a vender todo usado: ropa, zapatos, libros, herramienta, juguetes, maquillaje, medicina y despensa con la fecha de caducidad vencida.

Fue mi abuela quien le enseñó a mi mamá a comprar usado, se levantaban a las cinco de la mañana para ser de las primeras en recorrer los puestos, ahí mi mamá se hizo de nuestros muebles y los trastes, por ser una mujer recién casada, compraba lo básico del hogar.

A pesar de que las cosas eran usadas, siempre me daba emoción cuando mi mamá traía una alacena, una mesa o tocador, para nosotras era como si fuera nuevo.

Una ves que pactaba el precio con los vendedores, lo dejaba apartado y corría a casa a buscar a mi papá, para en el camión, traer la compra. Mis primeras vueltas al mercado fueron los viernes cuando no había clases en la secundaria, mi papá nos daba veinticinco pesos para gastar.

En ese mercado tuve, sin saber, mi primer acercamiento con la publicidad, las revistas estaban tapizadas con  anuncios de  leche nido,hp  y coca cola . Me detenía a mirar solo los puestos que traían revistas.

Me gustaba comprar la National Geographic, Conozca más, Selecciones, Tú, Cosmopolitan, Eres, Notas para Ti; revisaba que no estuvieran recortadas, en ese entonces para mí, la fecha de publicación no era relevante. En los títulos juveniles buscaba siempre los tests, aunque ya venían  previamente contestados, rayados o tachados.

Me obsesionaba con los artículos para estar en forma, recortaba los ejercicios que después pegaba en cartulinas blancas y así armaba mis rutinas caseras. Gracias a los chachareros, pude leer a los catorce años a Herman Hesse y García Márquez; la poesía de Pablo Neruda y García Lorca. Fue cuando descubrí que a través de la literatura podría re encarnar en mil personajes distintos y desde el rincón de mi habitación conocer el mundo.

Cien años de soledad  fue el libro que más me impacto, los Aureliano Buendía me acompañaron durante años en la memoria. Toda mi época de adolescente la pasé “como ratón de biblioteca”, decía mi madre. Leyendo todo lo que conseguía en el mercado de Santa Cruz. 

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