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Hay letras que no se pueden explicar

La primera vez que leí “Rayuela” no pude con el libro, me venció completamente, terminé tirado en el sillón sin ganas de nada, acongojado y un poco molesto. Tiempo después volví a leerlo, me habían sucedido más cosas y ya conocía París, así que me recordó ciertos lugares y a algunas personas. De cualquier forma no me movió mucho más fibras que los recuerdos. Sé que en muchas formas voy a pecar, pero sigue sin parecerme lo mejor de Cortázar, prefiero sus cuentos, me gusta más cuando habla de “un tal Lucas”, por ejemplo, o que “quieran tanto a Glenda”.
¿Por qué es tan difícil escribir? Porque las palabras nos resultan ajenas.
El castigo común del constante retornar al paradigma conductista es leer, escribir, hacer oraciones, repetir cien veces que se debe o no se debe hacer algo. Nos llevan a odiar las letras, nos llevan a no entender las palabras porque son malas, porque son el resultado de nuestras travesuras. Cuando un niño lee un libro y se le examina acerca de la lectura, se acorrala su imaginación en un pequeño cuarto lleno de prejuicios de adulto, los pocos niños que leen, lo hacen por gusto, hay que dejarlos así, gustosos de las palabras, ya después habrá tiempo para preguntarles de qué va un libro, pero no justo cuando termina de cerrarlo porque es entonces cuando comienza la magia. La lectura es una actividad solitaria y personal, asocial, si quiere llamársele de algún modo y a veces compartida. Pero es cuando se hace en soledad que cumple el mayor de sus efectos, enfrentarnos a nosotros mismos, a nuestros miedos y a nuestros recuerdos. “El hombre es lo que recuerda que es, lo que cree que es” y la lectura nos permite recordarnos.
¿Por qué es tan difícil leer? Porque las palabras nos resultan ajenas.
Entonces ahí está alguien, en este momento, con un libro abierto por primera vez, sentado en un sillón iluminado y dispuesto a comenzar, ahí está alguien viendo un montón de símbolos que significan sonidos que juntos hacen palabras que van a bailar, a combinarse y a pelearse con tal de contar una historia. Al tiempo, ahí está alguien que justo ha terminado de cerrar un libro, se le pregunta de qué trató, quiénes fueron los personajes, los antagonistas, la historia, los hilos, los capítulos, los quiebres, los giros, el lenguaje, la persona, todo. En ese momento, nuestra primer persona siente un escalofrío que sube por su espalda y cierra el libro.

Imagen: Real Academia Española

Nadie me preguntó de qué trata el primer libro que leí, ni el segundo, ni el tercero, muy pocas personas saben cuál fue mi primer historia leída y de ellas, casi ninguna sabe a ciencia cierta qué fue lo que me hizo sentir. Hay lecturas para presumirse y hay lecturas para guardarse, como el amor, como las personas, como todo lo que mueve las fibras más sensibles del alma.
La primera vez que leí “Cien años de soledad” lo cerré sin más, terminé el resumen y entregué una tarea de secundaria. Años después, me reencontré con Macondo, más tranquilo, más nostálgico; ya no era una tarea, era un gusto. Entonces decidí comerlo como una buena carne, despacio, poco a poco, saboreando los ambientes, los sonidos, las sensaciones, las fibras. Es un libro ya muy viejo, de los que huelen a chocolate, de los que tienen letras negras en páginas medio naranjas, medio rotas, medio frágiles, medio a punto de dejar de ser y allí estaba Macondo, eterno y revoltoso, me esperaba de nuevo.
Terminé de leer el libro meses después, en un viaje de regreso a Pachuca, justo al cerrarlo, me quedé en silencio. Me había quitado todas las palabras que tenía en ese momento, me había dejado sin algo que decir.
Ahora escribo de esto, de la lectura, de cómo me gusta en soledad y de cuánto me alegro de haber guardado un libro que no me había gustado mucho porque me lo dejaron de tarea. Al reencontrarme con Macondo más tranquilo, más despierto y con mucho más tiempo para conocerlo, me encontré a mí mismo y me quedé tranquilo.
Luego podré hablar del libro en sí desde mi perspectiva y de por qué es lo mejor que leeré en mucho tiempo, luego podrá explicar qué siento y luego podré decir más cosas. Pero hay libros que, cuando se cierran, te enseñan algo más, por ejemplo: que hay letras que no se pueden explicar.

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